Jovenes 2013Si subiera al cielo, allí estás tú; si tendiera mi lecho en el fondo del abismo, también estás allí. Si me elevara sobre las alas del alba, o me estableciera en los extremos del mar, aun allí tu mano me guiaría, ¡me sostendría tu mano derecha! (Salmo 139:8-10).

¿Cree usted en Dios? -le preguntó George Sylvester Biereck a Albert Einstein.

La respuesta del genio siempre me ha cautivado.

-No soy ateo -respondió el científico-. El problema que conlleva es demasiado vasto para nuestras limitadas mentes. Estamos en la posición de un niño dentro de una enorme biblioteca con cientos de libros escritos en diversos idiomas. El pequeño sabe que alguien debió haber escrito esos textos, pero no sabe cómo sucedió. Tampoco entiende los idiomas en los que están escritos. Además, intuye que existe un orden misterioso en su disposición, pero no sabe cuál es. Esa, me parece, es la actitud que un hombre inteligente debiera mantener respecto de Dios. Vemos el universo maravillosamente ordenado y obedeciendo ciertas leyes, pero solo entendemos escasamente dichos códigos.

Albert Einstein nunca perdió la capacidad de asombrarse ante la grandeza y el orden del universo. En 1923 visitó a su amigo Niels Bohr en Copenhague. Ambos habían recibido pocos meses antes el premio Nobel de Física. Entonces, subieron al tranvía y empezaron a conversar sobre mecánica cuántica, un tema en el que discrepaban, pero que se encuentra en el centro mismo de la esencia del universo y de la creación de Dios. La discusión era tan animada que se pasaron un buen trecho de la parada donde debían bajar. Descendieron y tomaron el tranvía de regreso; pero el diálogo era tan intenso y absorbente que volvieron a pasarse de parada. Volvieron a tomar el tranvía por tercera vez… pero, en esta ocasión, Niels Bohr, quien cuenta la historia, no nos dice si bajaron en el lugar correcto.

¿Te has sentido alguna vez como un niño en una gran biblioteca? Yo sí. Quiero invitarte para que este año leas conmigo algunas páginas de esa maravillosa biblioteca. Algunas de ellas fueron escritas en el libro de la naturaleza, otras en el de la Providencia, pero todas nos revelan la grandeza y el amor de Dios. No importa a dónde vayas o qué mires, allí está Dios para decirte que te ama y se interesa por ti. Quizá, conforme leamos juntos, empieces a confiar en él y admirarlo todavía más. Entonces, él escribirá el libro más bello de su biblioteca en tu propia vida.

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