Dios le respondió: «Yo estaré contigo» (Éxodo 3:12).

En una oportunidad, fuimos de excursión a Guatemala, donde conocimos muchos lugares interesantes, como el Lago Amatitlán. Tengo gratos recuerdos de aquel viaje, en especial porque mi novio Carlos me pidió que fuera su esposa. Meses después nos casamos, y hasta la fecha hace alrededor de quince años que hemos unido nuestras vidas con lazos de amor, respeto y comprensión.

Cuando cumplimos cinco años de matrimonio mi esposo viajó a Guatemala para asistir a un programa especial para jóvenes que deseaban prepararse para el ministerio. Quince días después me llamó diciendo que vendría a buscarnos a mí y a nuestra hija. Él estaba feliz porque lo habían aceptado en aquel programa de estudios. Recuerdo que lloré durante todo el camino a Guatemala, ya que me sentía triste por haber dejado a mi familia y a mi iglesia en El Salvador.

Mi esposo se entregó por completo a la obra, y aunque enfrentamos diversas vicisitudes, por la gracia de Dios salimos adelante y él logró completar sus estudios. Al finalizar el programa mi suegra y yo viajamos a Costa Rica para acompañarlo en su graduación.

Cada vez que mi esposo es trasladado a otro distrito siempre le digo: «Vayamos donde vayamos, yo estaré siempre contigo». Un nuevo distrito para mí representa una nueva oportunidad para desarrollarme como esposa de pastor, un nuevo «campo de batalla». Lo veo como una oportunidad para servir, un escalón más para ascender hasta la altura que Dios desea que alcancemos en nuestro ministerio.

Hermana, no hay pobreza, no hay impedimentos físicos, no existe nada en este mundo que nos impida alcanzar nuestros sueños. Siempre se pueden lograr grandes cosas si nos ponemos en manos de Dios y luchamos por alcanzarlas.

Esta meditación se la dedico a un hombre que me ha enseñado que todo se puede lograr si uno se esfuerza, se sacrifica y se valora a sí mismo, poniendo su potencial en las manos de Dios. Se la dedico a un compañero que me ha demostrado que, si alguien lucha y se entrega para servir al Señor, recibirá una recompensa inigualable. Se la dedico a mi querido esposo, el pastor Carlos Guzmán

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