«No te dejaré, si no me bendices» (Génesis 32:26).
El ministerio de Jesús incluyó muchos milagros. ¿Habrá milagros también en nuestro tiempo? La respuesta es que sí. Si ese es el caso, ¿debemos esperar milagros cuando oramos? Aquí es preciso que seamos prudentes. Jesús nunca obró un milagro «según demanda». Siempre intervenía un propósito mayor.
La historia de la curación del hijo del noble revela los verdaderos motivos del hombre. Al parecer, este decidió que pondría a prueba a Jesús y, si Jesús la superaba, creería en él. Así que pidió a Jesús que viniera y curara a su hijo. Leyendo sus pensamientos, Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creeréis» (Juan 4:48).
«Como un fulgor de luz, las palabras que dirigió el Salvador al noble desnudaron su corazón. Vio que eran egoístas los motivos que le habían impulsado a buscar a
Jesús. Vio el verdadero carácter de su fe vacilante.
Con profunda angustia comprendió que su duda podría costar la vida de su hijo. Sabía que se hallaba en presencia de un Ser que podía leer los pensamientos, para quien todo era posible, y con verdadera agonía suplicó: “Señor, desciende antes que mi hijo muera”. Su fe se aferró a Cristo como Jacob trabó del ángel cuando luchaba con él y exclamó: “No te dejaré, si no me bendices”» (EL Deseado de todas las gentes, cap. 20, p. 175).
La persona que se obstina en pedir un milagro abre la puerta al diablo para que la engañe. En la hora final, al pueblo fiel de Dios se le promete un derramamiento especial del Espíritu Santo; pero no será para que los demás queden fascinados con nosotros, sino para confirmar el poder de un Dios que obra milagros. Todo lo que haga su pueblo será en su nombre y por su causa, según su voluntad y no la nuestra.
Es importante recordarlo, porque: «Es inminente el día cuando Satanás […] presentará numerosos milagros para confirmar la fe de todos aquellos que están buscando esta clase de evidencia. ¡Cuán terrible será la situación de los que cierran sus ojos a la luz de la verdad y piden milagros para ser confirmados en el engaño!» (EL evangelismo, p. 594). Basado en Juan 4:46-53

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