Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas. Y después que las hube oído y visto, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas. (Apocalipsis 22:8).
En todos los tiempos Dios se valió de santos ángeles para socorrer y librar a su pueblo. Los seres celestiales tomaron parte activa en los asuntos de los hombres. Aparecieron con vestiduras que relucían como el rayo; vinieron como hombres en traje de caminantes. Hubo casos en que aparecieron ángeles en forma humana a los siervos de Dios» (El conflicto de los siglos, cap. 40, p. 614).
Hace algunos años, mientras viajaba por una zona montañosa de Guatemala con mi hijo mayor, el auto se quedó sin frenos. De inmediato clamé a Dios, creyendo que podíamos morir. Chocamos contra una pared y, debido al impacto, quebré el vidrio delantero con la frente. Al darnos cuenta de que estábamos bien, dimos gracias a Dios por habernos salvado la vida.
Dios envió a un grupo de veinte o veinticinco campesinos. Uno dijo que retiraran el auto de la carretera, pues podían llegar policías y confiscarlo. Apenas recuerdo cómo lo hicieron, pero en un abrir y cerrar de ojos el auto estuvo colocado a la orilla del camino y todas aquellas personas que estaban con nosotros desaparecieron.
Recuerdo muy bien que entre ellos había una pareja. La dama llevaba un vestido color rosado y un abrigo blanco, mientras que el varón usaba una camisa de cuadriles. Elena G. de White afirma: « ¡Qué sensación le producirá conversar con el ángel que fue su guardián desde el primer momento; que vigiló sus pasos y cubrió su cabeza en el día de peligro; que estuvo con él en el valle de la sombra de muerte, que señaló su lugar de descanso, que fue el primero en saludarle en la mañana de la resurrección» (La maravillosa gracia de Dios, p. 364).
Estoy convencida de que aquellos campesinos eran ángeles, ya que esa región del país está prácticamente deshabitada. Además, el tipo de vestimenta utilizado en esa zona de Guatemala no es el que aquellas personas llevaban. Ahora que he visto ángeles me es más fácil identificarme con el apóstol Juan cuando dijo: «Yo vi la Santa Jerusalén». Es real, existe. Preparémonos día a día para poder habitarla

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