Resistan al diablo, y este huirá de ustedes. Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. Santiago 4:7,8.

Si hay algo que el diablo teme es ver a un joven cristiano que, de rodillas, ora al Padre celestial en el nombre del Señor Jesucristo. Esta realidad la expresó muy bien Samuel Chadwick cuando escribió que el enemigo puede ridiculizar nuestros mejores esfuerzos y puede incluso burlarse de nuestra sabiduría, pero tiembla cuando oramos.

Un buen ejemplo de lo que ocurre cuando un cristiano ora lo encontramos en la historia de John Knox, el campeón de la Reforma en Escocia. Al igual que Elías, el profeta del Antiguo Testamento, las oraciones de Knox no solo hacían temblar al diablo, sino también a los gobernantes de su tiempo. De hecho, se cuenta que Mary Stuart, la reina de Escocia, llegó a decir: «Temo a las oraciones de John Knox más que a un ejército de diez mil hombres» (John Hudson Tiner, For Tiróse Who Daré [Para los que se atreven], p. 36).

¿De dónde obtuvo Knox semejante fuerza espiritual? De su comunión diaria con Dios. Knox no solo oraba por él, sino que también intercedía por sus feligreses y por su querida patria. Su constante plegaria era: «¡Oh, Dios, dame a Escocia, o me muero!». Y Dios le dio a Escocia, porque una vez que ahí se encendió la luz del evangelio de Jesucristo, ya nunca se apagó.

Se cuenta que en una ocasión la misma reina, Mary Stuart, lo culpó de hereje, por enseñar al pueblo a obedecer a Dios antes que a los gobernantes. ¿Cuál fue respuesta de Knox? «Si toda la simiente de Abraham —dijo— hubiera sido de la religión del faraón del cual fueron súbditos por largo tiempo, le pregunto, señora, ¿qué religión habría hoy en el mundo? Y si en los días de los apóstoles todos hubieran sido de la religión de los emperadores de Roma, dígame, señora, ¿qué religión habría hoy en el mundo?» (Elena. G. de White, El conflicto de los siglos, p. 256).

¿Quieres disfrutar de una vida cristiana poderosa, como el sol del mediodía; refrescante, como la brisa de la mañana? Entonces aparta cada día unos minutos para hablar con Jesús. Haz una cita con él cada mañana. Ábrele tu corazón y confíale tus temores, tus planes, tus esperanzas. Él estará ahí, fin falta; porque además de tu salvador, es también tu mejor amigo.

Querido Jesús gracias por ser mi Salvador y también mi mejor amigo

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