«El brillo del sol es diferente del brillo de la luna y del brillo de las estrellas; y aun entre las estrellas, el brillo de una es diferente del de otra» (1 Corintios 15:41).

 Siempre había una herrería situada en el centro de toda ciudad o pueblo en el viejo oeste estadounidense. La gente caminaba kilómetros para llegar a estos lugares para quejes hicieran sus objetos de metal o para que se los repararan. Los herreros hacían herraduras, arreglaban las ruedas de las carretas y hacían aros de metal para amarrar los caballos a los postes.

Para poder hacer estas cosas un herrero tiene que calentar el metal. A medida que el metal se calienta, cambia de color. Comienza poniéndose negro, después se vuelve anaranjado y finalmente se calienta tanto que se pone blanco.

Si te fijas en el versículo de hoy te darás cuenta de que a las estrellas les pasa lo mismo. Algunas estrellas son más calientes que otras. Si las ves a través de un telescopio algunas se verán blancas, otras azules, otras anaranjadas y algunas amarillas. Es porque todas tienen temperaturas diferentes.

A medida que nos vamos emocionando con Jesús la gente también irá notando los cambios en nuestra «temperatura». Si somos unos cristianos ardientes y nos entusiasma Jesús, querremos hablarle de él a los demás. Si no nos entusiasman mucho las cosas de Dios, la gente ni siquiera se dará cuenta de que somos sus seguidores. Sé una estrella ardiente por Jesús y cuéntales a todos que tú sabes cuan brillante es su amor por ellos

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