«Me ha dicho: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo» (2 Corintios 12:9).
Por la biblia sabemos que, a menos que estemos vivos cuando Jesús venga, tarde o temprano descenderemos a la tumba (ver Heb. 9:27). Nadie puede esperar vivir para siempre. A veces, Dios usa milagros para proteger y hacer que su verdad avance, pero son la excepción que confirma la regla. No hay nada que garantice que un cristiano comprometido vaya a vivir más tiempo que otros. Si Dios obrara milagros «a petición», acabaríamos queriendo explotar su poder en beneficio propio.
Luego, ¿debemos o no debemos esperar un milagro? Si por milagro entendemos al mayor de todos —un corazón nuevo—, la respuesta es sí. Dios obrará el milagro para nosotros tan a menudo como se lo pidamos. Pero, en lo que respecta a la curación física, él sabe qué nos conviene. Es preciso recordar que la carne y la sangre no heredarán el reino de los cielos (ver 1 Cor. 15:50). También es preciso recordar que mientras estemos en este mundo, tendremos que sufrir y que, por más que oremos o tengamos fe, no podremos evitarlo. Sin embargo, tenemos la promesa de que «fiel es Dios, que no os dejará ser probados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la prueba la salida, para que podáis soportarla» (1 Cor. 10:13).
La sanación que más necesitamos es la espiritual. Cuando nos enfrentemos a la enfermedad, Dios siempre estará cerca; unas veces alejándola y otras dándonos la fuerza necesaria para soportarla. Si se elevan con fe y proceden del corazón, Dios siempre responde a las oraciones por la sanación; pero lo hace a su manera y en su momento. Dios quiere responder a nuestras oraciones salvando nuestra alma y sanando nuestras emociones, a pesar de que a veces no nos libere de la enfermedad física durante un tiempo. Sin embargo, sabemos que todavía no ha terminado su obra en nosotros. Él ha ido a preparar un lugar para nosotros y, mediante el Espíritu Santo, nos está preparando para que podamos vivir con él.
Que seamos sanados o no nada tiene que ver con encontrar favor a la vista de Dios. Él sabe cuándo un milagro es necesario para que su reino avance; por eso él escoge el momento y el lugar. Basado en Juan 4:48

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