«Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros» (2 Corintios 4:7, NVI).

Hoy vamos a caminar por el barro. ¡Qué desastre! ¡Es tan pegajoso y espeso! Si alguna vez has caminado sobre barro húmedo sabrás de lo que estoy hablando. El barro está hecho de minúsculas partículas de roca que son tan pequeñas que el viento las levanta y las lleva por muchos kilómetros. Cuando estas pequeñas partículas se humedecen, se ponen resbalosas, espesas y pegajosas.

Ahora, te preguntarás de qué puede servir un desastre pegajoso y resbaloso como ese. Bueno, el barro es mucho más útil de lo que te imaginas. Cuando el barro está húmedo puede moldearse en diferentes formas. Después de que has formado un objeto, debes dejar que se seque y colocarlo en un horno muy caliente. Cuando el objeto se hornea, se pone duro. Tal vez tú tienes vasijas o estatuas de barro en tu casa. Pues fue así como las hicieron.

El versículo de hoy dice que puede haber un tesoro en una vasija de barro, pero no está hablando de la misma clase de barro por el que hemos caminando hoy. Está hablando de nosotros. Nosotros somos como vasijas de barro. El pecado nos hace comunes y corrientes, y nos ensucia, pero si Jesús está en nuestra vida, nos convertimos en un tesoro. ¡De hecho, podemos decir que con Jesús en nuestra vida somos como barro que brilla!

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