«Y se decían el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino y cuando nos abría las Escrituras?”» (Lucas 24: 32).
Dos hombres iban, apresurados, de Jerusalén a Emaús, donde vivían. Habían ido a Jerusalén para saber de primera mano qué le sucedería al maestro al que habían aprendido a amar y seguir. Algunos decían que iba a ser coronado rey de los judíos y otros que iba a ser condenado a muerte. Las peores expectativas se habían cumplido, por lo que andaban aturdidos y desencantados, al tiempo que la decepción les partía el corazón. Repasaban una y otra vez los detalles de los últimos días. ¿Cómo había podido suceder?
Iban tan sumidos en su dolor que apenas se dieron cuenta del viajero que se les había unido. Estaba anocheciendo y los hombres se quitaron los turbantes. El desconocido preguntó con tono amistoso:
—¿De qué discutían con tanta intensidad cuando me uní a ustedes?
—Si no lo sabes es que eres extranjero —respondieron.
Y le hablaron brevemente de la crucifixión. El desconocido asintió con la cabeza y luego comenzó a explicar qué significaba todo aquello, empezando con las profecías del Antiguo Testamento hasta el presente. A medida que les revelaba la historia, los pasos iban cayendo uno tras otro. En poco tiempo llegaron a su casa.
Invitaron al extranjero a que se quedara a cenar. «Y aconteció que, estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos y lo reconocieron; pero él desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino y cuando nos abría las Escrituras?”» (Luc. 24:30-23).
¿Qué hicieron entonces los dos hombres? Regresaron a Jerusalén para contar a los demás discípulos lo que habían visto y oído. Ahora entendían la Biblia porque el propio Jesús se la había explicado.
Antes de regresar al cielo, Jesús dijo a los discípulos que enviaría al Espíritu Santo, quien aún les explicaría más cosas. Pero la Biblia no nos hará ningún bien si la dejamos en el estante o en la mesa. Tómela en las manos. Léala, ámela y obedézcala. Basado en Juan 5:39.

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