«Entonces te deleitarás en Jehová. Yo te haré subir sobre las alturas de la tierra y te daré a comer la heredad de tu padre Jacob. La boca de Jehová lo ha hablado» (Isaías 58:14).

Muchas iglesias celebran una comida de confraternidad después del servicio de culto del sábado por la mañana. Las señoras preparan un plato: una verdura, un plato proteínico o un postre. Cuando se junta toda la comida, parece un comedor adventista. A continuación, los miembros, pero en especial los visitantes, están invitados a quedarse a comer juntos. Normalmente hay mucha comida, pero varias veces he visto que los alimentos se agotan, circunstancia un tanto embarazosa.
Un día Jesús estaba predicando a más de cinco mil personas. Me cuesta imaginar que tanta gente se reuniera al aire libre y que todos pudieran escuchar lo que decía.
Habían estado con él todo el día, por lo que Jesús sabía que tenían hambre. Así que preguntó a Felipe dónde podrían comprar alimentos. Dudo que en los mercados de la zona hubiera comida para alimentar a tanta gente.
Felipe respondió que, aunque hubiera algún lugar, se necesitaría mucho más dinero del que disponían, a pesar incluso de que cada uno de los presentes comiera tan solo un bocado. Andrés, el hermano de Pedro, comentó: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados; pero ¿qué es esto para tantos?» (Juan 6:9).
Imagínese la sorpresa de los discípulos cuando Jesús les dijo que pidieran a la multitud que se sentara. En algún lugar encontraron doce canastos vacíos. Jesús tomó el frugal almuerzo y, según su costumbre, dio gracias. Luego, partió la comida y llenó los canastos. Los discípulos distribuyeron la comida hasta que todos se saciaron y todavía sobró para llenar doce canastos más.
Jesús es el Señor de lo imposible. Por imposible que algo sea, él lo hace. «Multitud», «la mayoría», «lo más probable» son expresiones que para él carecen de sentido. Hay millones de personas que todavía están hambrientas por escuchar el evangelio. ¿Quién las alimentará? Es imposible. Nuestra iglesia es demasiado pequeña. Pero Jesús, quien murió y resucitó, ahora tiene mucho más poder que cuando alimentó a cinco mil. Todo cuanto pide es que le demos lo nuestro, por escaso que sea. Cuando lo bendice, siempre es suficiente. No podemos darle al Señor lo que no nos pertenece, pero quiere que le dediquemos cuanto poseemos. No tenemos ni idea de lo que Jesús puede hacer si nos entregamos por completo a él. Basado en Juan 6:1-71

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