«Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguien come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo» (Juan 6:51).

 Cuando era niño, de vez en cuando, padecía problemas estomacales, como todos los niños. Permanecía en cama, retorciéndome de dolor y sin ganas de moverme ni de hablar. Sabía que estaba bien cuando recuperaba el apetito. Una de las primeras cosas que me preparaba mi madre era lo que ella llamaba una «tostada con leche». Se trataba simplemente de una rebanada de pan tostado con varias cucharadas de leche caliente vertidas sobre ella; es decir, una comida suave, caliente, conocida y fácil de digerir. Si no me causaba el vómito, podía regresar paulatinamente a las comidas normales.

Por lo general, un apetito sano es señal de una persona sana. Aunque, por norma, el apetito es algo bueno, fue el primer cebo que el diablo usó para separar a nuestros padres de su Creador. «Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos […], tomó de su fruto y comió» (Gen. 3:6). Desde ese día, el apetito incontrolado ha impedido la relación de los humanos con Dios.

Esaú vendió su primogenitura por un plato de lentejas. Dos veces los hijos de Israel se rebelaron contra Dios porque añoraban las ollas de Egipto y aborrecían el maná del cielo (ver Éxo. 16:3; Núm. 21:5). Un exceso de lo bueno puede llegar a apartarnos del Señor. En parte, la caída de los habitantes de Sodoma se debió a que tenían «pan de sobra» (Eze. 16:49).

Jesús obtuvo la victoria sobre el apetito cuando venció la tentación de convertir las piedras en pan. Más adelante, recordaría a sus discípulos que los excesos en la comida y la bebida serían una característica del tiempo del fin (ver Mat. 24:38). Cuando la gente empiece a cansarse de esperar que Cristo venga, comenzará «a comer y a beber y a embriagarse» (Luc. 12:45).

«Encontramos personas intemperantes por doquiera. Las hallamos en los trenes, en los barcos, y por todas partes. Y debemos preguntarnos qué estamos haciendo para rescatar a las almas del lazo del tentador. Satanás se halla constantemente alerta para colocar por completo bajo su dominio a la raza humana. La forma más poderosa en que él hace presa del hombre es el apetito, que trata de estimular de toda manera posible» (Consejos sobre el régimen alimenticio, sec. 8, p. 177). Reclame para sí la victoria de Cristo sobre el apetito. Basado en Juan 6:26-58

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