No juzguen a otros, y Dios no los juzgará a ustedes. No condenen a otros, y Dios no los condenará a ustedes. Lucas 6:37.

 Siempre me han intrigado las aparentes contradicciones de la conducta humana. Una de ellas, por ejemplo, tiene que ver con esto de juzgar a los demás. ¿Por qué seguimos juzgando a la gente según las apariencias, a pesar de que somos rematadamente malos en este asunto?

La siguiente historia de un autor anónimo, que nos cuenta Alice Gray, ilustra bien este punto. Es el relato de un niño de unos diez años que entró a una heladería y se sentó a una de las mesas. Al poco rato una mesera se le acercó.

—¿Qué se te ofrece?

—¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con una capa de maní? —preguntó el niño.

—Sesenta centavos —respondió la mesera.

El niño sacó de su bolsillo varias monedas, las colocó sobre la mesa y las contó.

—¿Y cuánto cuesta un helado solo?

En este punto la mesera comenzó a impacientarse, porque otras personas estaban esperando su servicio.

—Treinta y cinco centavos —dijo ella bruscamente.

Entonces el niño volvió a contar las monedas.

—Quiero el helado solo.

La mesera le trajo el helado, puso la cuenta en la mesa y se fue sin decir una sola palabra. El niño se comió su helado, pagó en la caja y se fue. Cuando la mesera volvió para limpiar la mesa, notó que junto al plato vacío había veinticinco centavos: el niño le había dejado una propina (Stories for the Family ‘s Heart [Relatos para el corazón de la familia], p. 89).

La mujer había juzgado antes de tiempo. ¿Te ha pasado a ti también? A mí, un millón de veces. Sin embargo, a pesar de mis errores de juicio, hoy, gracias a Dios, entre mis mejores amigos se cuentan personas que jamás pensé llegarían a serlo. Unas parecían muy creídas; otras, «sangre de chinche» (muy pesadas y molestas). Solo bastó tratarlas y, después de cierto tiempo, descubrí un tesoro de inmenso valor en cada una de ellas.

Pidamos a Dios que nos dé ojos como los del Señor Jesús, para no incurrir en el error de juzgar a la gente según las apariencias. A fin de cuentas, no nos gusta que la gente nos juzgue sin conocernos. ¿Por qué, entonces, habríamos nosotros?

Padre celestial, dame ojos como los de Jesucristo, para ver en cada ser humano a un hijo tuyo, un ser de inmenso valor

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