«Cuídense de esos perros, cuídense de esos que hacen el mal, cuídense de esos que mutilan el cuerpo» (Filipenses 3:2, NVI).

En casa tenemos un perrito al cual queremos mucho. Es una motita blanca que camina y se llama Ricci. Él se sube al sofá con nosotros, se pone patas arriba, y con su tierna carita nos pide que le hagamos cariño en la barriguita. De día duerme en nuestras camas y trata de comerse nuestra comida cuando cenamos. Él piensa que es una persona. ¡Qué perrito!

Pero hay otro tipo de perros que no son tan amigables como Ricci. Uno de ellos es el dingo. El dingo es un perro salvaje que vive únicamente en Australia. Los dingos comen canguros, walabíes y conejos. Son “‘ unos asesinos feroces. Unas personas en Australia construyeron una vez una cerca de casi cinco mil kilómetros para mantener alejados a los dingos. Si alguna vez visitas Australia, ten cuidado con los dingos. En el versículo de hoy Pablo nos aconseja que nos cuidemos de las personas que actúan como perros salvajes. A ellas les gusta enemistar a la gente y hacer el mal. Él nos aconseja esto porque sabe que estas personas son colaboradoras de Satanás para destruir a los hijos de Dios. Pero para estar protegido de los perros salvajes tú no necesitas una cerca, sino mantenerte cerca de Jesús

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