“¿Lustro señor?” la voz era de un niño, de dulce acento pero un poco tímida. El hombre se volvió hacia el pequeño lustrabotas, encontrando la mirada de un par de ojos grandes y mansos; pero, moviendo la cabeza y diciendo entre dientes: “no”, siguió adelante.

            El amable rostro, empero, y los mansos y suplicantes ojos lo indujeron a volver.

¿Lustro, señor?

Era la misma inocente voz, pero un poco más firme. El hombre le miró los pies descalzos y la ropa raída, y sintió compasión.

– Esta mañana no, amiguito, pero toma el precio de la lustrada- y le ofreció los diez centavos.

-¡Eso no! Todavía no he llegado a eso. Nos soy un mendigo, señor, sino lustrabotas. ¿Quiere que le lustre los zapatos? Será cuestión de un momento.

El hombre puso un pie en el soporte, muy pronto sus botines quedaron como ébano pulido.

– ¡Gracias! – dijo el muchachito, al acabar con el segundo botín, y mientras recibía su pago.

El hombre reanudó su marcha, reteniendo muy claramente en su memoria la imagen del niño.

A la mañana siguiente, mientras iba a sus ocupaciones, fué saludado por el mismo muchacho: “¿Le lustro, señor?”. El hombre se detuvo otra vez, colocó un pie en el cajoncito, y el niño  se puso a cepillar con energía.

– ¿Dónde vives, amiguito? ¿Dónde está tu casa?

– No tengo casa.

-Entonces, ¿donde duermes?

– En cualquier parte donde puedo meterme: en algún sótano o desván.

-¿Tienes que pagar?

– ¡Claro que sí! Uno no puede dormir sin pagar.

-¿Cuánto pagas?

– De quince a veinte centavos.

– ¿Por qué no te quedas en un mismo lugar?

– Pues señor, se emborrachan y pelean y maldicen tanto en casi todas partes adonde voy, que no quiero ir más, por eso ando de una parte a otra… ¿Lustro, señor? – Y divisando a un cliente, se fue corriendo, pues tenía que ganarse la vida.

El hombre se fue, más interesado que nunca en ese valiente muchachito, que a una edad tan tierna ya estaba luchando por la vida.

Más tarde, el mismo día (era a mediados de verano, y la atmósfera estaba calurosa y sofocante), mientras ese hombre pasaba por la esquina de una calle, donde tenía su puesto una vendedora de manzanas, presenció una escena que le llamó la atención.

La mujer estaba dormid, y dos muchachos, uno un vendedor de diarios y el otro el lustrabotas que ya hemos mencionado, estaban frente a su puesto. El primero, que era el mayor y también más fuerte, viendo la oportunidad de llevarse algunas manzanas sin tener que pagar por ellas, estaba tomando dos o tres de las más grandes, cuando el lustrabotas se interpuso, diciendo:

– Eso es robar, y no hay que hacerlo.

El diariero, rojo de ira, levantó el brazo para asestarle un puñetazo; pero el bien dirigido golpe no llegó a su destino, pues una mano fuerte agarró el puño que descendía y lo tuvo un instante asido. Un momento después, el asustado diariero huía calle abajo.

-¡Bien dicho, muchacho! – explicó luego el hombre, dirigiéndose al lustrabotas.- Y ahora, – agregó,- tienes que acompañarme a mi almacén.

Caminaron unas dos o tres cuadras, y entraron en un local que cruzaron andando entre fardos y cajones hasta llegar a una oficina en el fondo. Después de sentarse, el hombre se dirigió al niño, el cual se hallaba de pie delante de él, lleno de sorpresa y curiosidad y con el cajoncito de lustrar todavía en el hombro.

– Quítate eso, y ponlo allí afuera en la bodega, o échalo a la calle, no importa lo que hagas – dijo el hombre, señalando con el dedo al mugriento cajoncito.

El niño obedeció. Luego volvió y quedó mirando seriamente al hombre.

– ¿Cómo te llamas? – prosiguió éste.

– Santiago Lainez, señor.

-¿Viven tus padres?

– No, señor, han muerto.

– ¿Y no hay nadie que te cuide?

– No, señor.

-¿Cuántos años tienes?.

– Cumplí once en junio.

El hombre pensó en su hijo, que también había cumplido once años en junio.

-¿Qué vas a hacer?

– Luchar por la vida. Tengo que hacerlo ahora.

Y Santiago se enderezó y asumió una actitud valerosa, que conmovió el corazón de su interlocutor.

– ¿Murió tu madre en esta ciudad?

-Sí, señor.

-¿Cuánto tiempo hace?

– Sólo tres semanas.

Y la mirada de valentía se desvaneció de los ojos del  niño.

– ¿Dónde murió?

– Allá en la calle Libertad. Estuvo enferma bastante tiempo y no podía trabajar. Mi padre murió el invierno pasado. Pero él no nos ayudaba en nada.

Y al decir esto, una sombra de pena cubrió el rostro del niño, y el hombre vió que se estremecía.

Comprendía demasiado bien la triste historia  que el niño podría haber relatado, la historia de un padre borracho, y de una madre enferma y de corazón quebrantado que moría desamparada  y llena de privaciones.

– Tu madre era buena, y la amaste, ¿no hijito? – dijo el hombre.

Al instante los ojos del  muchachito se llenaron de lágrimas.

– ¿Qué te dijo ella antes de morir? – preguntó el hombre, en voz baja y compasiva.

– Me dijo: “No robes, no mientas, no blasfemes jamás, hijo mío, y Dios será tu Amigo;” y no he hecho ninguna de estas cosas, ni tampoco las voy a hacer nunca.

– ¿Tu madre te enseñó a orar, Santiago?

– Sí, señor; y oro cada noche. Algunas veces los muchachos se burlan de mí, pero no les hago caso. Sólo pienso en que es a Dios a quien oro, y entonces me siento feliz.

-Dios, sí es nuestro mejor Amigo, Santiago, y nadie confía en él en vano. Te ama y desea que seas bueno y feliz, por eso hizo que yo viera cuán honrado eres para que siempre fuese tu amigo.

– ¡Oh señor! ¿Lo será de veras? – exclamó Santiago, animado de esperanza y gozo.

– Sí, mi hijito – respondió el hombre, cuyo corazón abrigaba ya bastante cariño para el muchacho,- yo voy a ser tu amigo, si eres honrado y obediente y dices siempre la verdad.

– Trataré de ser lo mejor posible – contestó con firmeza Santiago.

Fueron juntos a una tienda, pero antes pasaron por una casa de baños y … un poco después nadie se habría imaginado que el hermoso y bien vestido niño que caminaba al lado de su bienhechor fuese el mismo que una hora antes gritaba en la calle: “¿Lustro, señor?” Al valiente niño, que procuraba ser bueno, Dios le había mandado un amigo justamente cuando más lo necesitaba, y ahora es un joven feliz que está estudiando con todo afán para ser, más adelante en la vida, un hombre bueno y útil.

 

 

 

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