El niño Gustavo Berganza estaba enfermo. Tenía sólo siete años y vivía con su madre en la hermosa ciudad de Guatemala. Su padre era oficial militar, coronel del ejército, y se encontraba de guarnición en la frontera entre Guatemala y México.

Unos días antes, mientras Gustavo estaba jugando, se había arrodillado sobre una aguja herrumbrada; ésta se había roto y había penetrado una parte de ella en su rodilla, donde había desaparecido. Tres médicos habían procurado sacar ese pedazo de aguja, pero parecía imposible. Temían mucho que quedase con la rodilla estropeada para toda la vida.

Cuando el padre supo del accidente, se entristeció mucho. Quiso regresar a casa, pero no podía abandonar su puesto. Como a la semana el coronel recibió u telegrama por medio del cual su esposa le comunicaba que, a menos que la fiebre bajase, los médicos iban a amputar la pierna al niño a las nueve de la mañana siguiente.

El coronel no podía conformarse con la idea de que a su pequeño Gustavo le cortasen la pierna. Se imaginaba que la infección debía ser grave, para que los médicos dijeran que lo único que podían hacer para salvarle la vida era amputarle la pierna. No necesitó pues mucho tiempo para decidir que Dios era el único médico que podía salvar a su hijo.

Mandó a su esposa un telegrama que ella recibió el mismo día. En él decía: “No temas, querida esposa, porque he aprendido a confiar en el Dios de los adventistas. Estoy seguro que salvará la vida de nuestro hijo. Ve a la iglesia adventista esta noche, pues hay reunión de oración. Pídeles  que oren por nuestro hijo.”

Cuando la madre de Gustavo recibió ese telegrama, hizo exactamente lo que su esposo le decía que hiciese; se fué por la noche a la iglesia adventista y pidió que los hermanos orasen por el niño, a quien debían cortarle la pierna por la mañana.

Durante toda la noche, estuvo pensando en su hijo mientras aguardaba cerca de él en el hospital. Más o menos como a la medianoche, la enfermera dijo a la señora que la temperatura del niño había bajado un grado. Esta noticia infundió esperanza y fe a la madre, quien se acostó a descansar un poco en una pieza contigua. A eso de las ocho, por la mañana siguiente los médicos entraron en la habitación del niño y preguntaron a la enfermera cómo estaba. Imaginaos su sorpresa cuando se les dijo que la temperatura era normal y que había dormido bien. Los médicos sabían que el niño había tenido fiebre muy alta durante una semana. Cuando estuvieron seguros de que el niño estaba fuera de peligro, fueron a decírselo a la madre. Como sabemos, muchas personas oran a los santos y piensan que hacen milagros en su favor. Los médicos preguntaron a la madre qué santo había efectuado ese milagro para ella. Gozosamente les contestó: “El Dios de los adventistas, en quien mi esposo tiene tanta fe.”

Este verdadero milagro ayudó a ala señora a creer en el Dios de los adventistas y la indujo a querer saber más de la religión de su esposo. No transcurrió mucho tiempo antes que ella también fuese miembro de la iglesia, agradecida a Dios por haber sanado a su hijito

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