Perfección en la esfera humana, 7 de agosto
Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. Mateo 5:48.
Nuestro Salvador entiende todo lo que se refiere a la naturaleza humana, y él dice a cada ser humano: “Sed, pues, vosotros
perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. Como Dios es perfecto en su esfera, el hombre debe serlo en la
suya. Los que reciben a Cristo están entre la multitud de quienes se dicen estas palabras esperanzadoras: “Mas a todos los que le
recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Estas palabras nos declaran que no debemos
estar satisfechos con nada menos que con el carácter mejor y más elevado, formado a la similitud divina. Cuando tal carácter se
posee, la vida, la fe y la pureza de la religión son un ejemplo instructivo para otros.—Medical Ministry, 147.
Pero se chasquearán los que esperan contemplar un cambio mágico en su carácter sin que haya un esfuerzo decidido de su parte
para vencer el pecado. Mientras contemplemos a Jesús, no tendremos razón para temer ni para dudar de que Cristo es capaz de salvar
hasta lo sumo a todos los [235] que acuden a él. Pero podemos temer constantemente para que nuestra vieja naturaleza no gane otra vez la
supremacía, no sea que el enemigo invente alguna trampa por la cual seamos otra vez sus cautivos. Hemos de ocuparnos en nuestra
salvación con temor y temblor, pues Dios es el que obra en nosotros así el querer como el hacer su buena voluntad. Con nuestras
facultades limitadas hemos de ser tan santos en nuestra esfera como Dios es santo en la suya. Hasta donde alcance nuestra capacidad,
hemos de manifestar la verdad, el amor y la excelencia del carácter divino. Así como la cera recibe la impresión del sello, así el alma
ha de recibir la impresión del Espíritu de Dios y ha de retener la imagen de Cristo.
Hemos de crecer diariamente en belleza espiritual. Fracasaremos con frecuencia en nuestros esfuerzos de imitar el modelo
divino. Con frecuencia tendremos que postrarnos para llorar a los pies de Jesús, debido a nuestras faltas y errores, pero no hemos
de desanimarnos. Hemos de orar más fervientemente, creer más plenamente y tratar otra vez, con mayor firmeza, de crecer a la
semejanza de nuestro Señor. Al desconfiar de nuestro propio poder, confiaremos en el poder de nuestro Redentor y daremos alabanza
al Señor, quien es la salud de nuestro rostro y nuestro Dios.—Mensajes Selectos 1:394, 395.
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