El arte del tatuaje es tan antiguo como la Biblia. Levítico 19:28 habla contra esta acción en el contexto de la prohibición de la automutilación. Se estima que diez millones de personas en los Estados Unidos tienen por lo menos un tatuaje en el cuerpo. Para muchos eso es el comienzo de una autoexpresión de libertad, porque decoran el cuerpo con una figura que transmite algún tipo de declaración. Desde confesiones de amor en el pecho hasta dragones amenazadores en la espalda, se ven tatuajes de todas formas imaginables y están colocados en todas las partes concebibles del cuerpo. Pero, todos tienen algo en común: son sumamente difíciles de retirar. Muchas personas que se tatúan, para ser precisos, cerca del 50% de arrepienten más tarde de haberlo hecho. Retirar un tatuaje es difícil, doloroso y caro, y puede involucrar excoriación y tratamientos con ácido o laser. Y todas esas cosas tienen sus propios riesgos y efectos colaterales.

Al paso que los tatuajes son visibles exteriormente, nuestro pecado, con frecuencia, no lo es. Sin embargo está grabado de manera más profunda que un tatuaje, porque este se limita a la piel, pero el pecado está grabado en el corazón. ¿Por qué esta realidad no nos debe desanimar en nuestra lucha contra el pecado?
Foco: Reconocer que el pecado está relacionado a todos los aspectos de la existencia humana. Jeremías lo experimentó de manera drástica cuando su vida estuvo en peligro debido al mensaje que predicó. Expresó a Dios sus luchas de fe, pero el Señor le dio una perspectiva nueva: “Si corriste con los de a pie, y te cansaron, ¿cómo contenderás con los caballos?” (Jer. 12:5).

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