Santiago, ¿«hermano» o «siervo» de Jesús? ún es de madrugada, pero el sueño se me ha ido pensando otra vez en mi «hermano». Y aunque lo considero un privilegio, reconozco que llamarlo de esa forma no expresa la plenitud de lo que él fue realmen­ te para mí. Por eso, prefiero llamarlo mi «glorioso Señor Jesucristo» (San. 2: 1). Aceptar esto, sin embargo, no me resultó nada fácil y, si lo piensas dete­ nidamente, quizá tampoco lo habría sido para ti. Jesús era el hijo que José, mi padre, tuvo con María, su segunda esposa. Por lo tanto, además de ser mi hermanastro, también era menor que yo. Y aunque en la historia de mis ante­ pasados hubo algunas excepciones, definitivamente, admitir la superioridad de un hermano menor nunca fue algo común ni cómodo en mi cultura, espe­ cialmente para personas como yo. Tal vez esta sea la causa de que, al principio, fuera tan áspero con él. Pero, si he de ser sincero, en realidad hubo algo más. Aunque a simple vista era como cualquier otro niño de Nazaret, los años que viví junto a Jesús me per­ mitieron darme cuenta de lo contrario. Él era siempre tan servicial, tan noble y, en fin, tan diferente en muchos sentidos a mí y a mis hermanos que, al ver como esto hacía que se ganara los elogios de quienes nos rodeaban, nuestra actitud hacia él fue volviéndose cada vez más hostil.1 Al principio intentamos «cambiarlo»; esperábamos que dejara de actuar de aquella manera tan «rara» y que se comportara como los demás niños de su edad. Pero he de confesar que, con el paso de los años, mi molestia y disgusto hacia él no solo fue creciendo, sino que también llegó a hacerse evidente a tra­ vés de burlas y abiertos reproches. ¡Cuánto lamento hoy haberme atrevido a tratarlo así!

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