Aunque me avergüenza, debo admitir que no estuve ahí aquella mañana. A diferencia de María y de Juan, su discípulo, yo no tuve el valor de acompañar a Jesús en sus últimos momentos. Sin embargo, lo más importante para ellos en esa situación naturalmente no era eso. ¿Qué sucedería con el cuerpo de Jesús una vez que muriera? ¡No podían abandonarlo en manos de aquellos soldados insensibles que seguramente lo sepultarían en una fosa común como se acostumbraba hacer con los criminales! Pero, ¿cómo lo impedirían? Era obvio que las autoridades judías jamás los apoyarían, y esperar que el gobernador romano lo hiciera, definitivamente, también sonaba imposible. No obstante, mientras sus preocupaciones los embargaban, un hombre llamado José de Arimatea intervino para evitar que dieran tan deshonrosa sepultura a mi hermano. Acudiendo ante Poncio Pilato, el gobernador romano, José pidió que le dejara bajar el cuerpo de Cristo de la cruz.

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