06 Libro Complementario -Reavivamiento y Reforma - 3er. Trimestre 2013

Capítulo 12

Reforma: sanar las relaciones quebradas

La reforma requiere relaciones restauradas. Las relaciones quebradas estorban el derramamiento del Espíritu Santo en su plenitud. A menos que las relaciones quebradas se arreglen, la lluvia tardía -la bendición del Cielo en el tiempo del fin para terminar la misión de Dios sobre la Tierra- no vendrá. En el siglo primero, la experiencia del aposento alto unió a los creyentes en un vínculo de compañerismo que los preparó para recibir la plenitud del Espíritu Santo en Pentecostés. Cuando la iglesia no está unida, su testimonio al mundo es silenciado.

Aun después de Pentecostés, hubo momentos en que las relaciones en­tre los creyentes estuvieron tensas. El Nuevo Testamento registra ejemplos repetidos de líderes y miembros individuales de las iglesias que trataron con estas circunstancias difíciles. Por ejemplo, están las historias de los conflictos que surgieron entre Pablo, por un lado, y Bernabé y Juan Marcos por el otro; entre Filemón y Onésimo; y en la iglesia de Corinto. Por supuesto, muy por encima de todos está el conflicto entre Jesús y quienes lo crucificaron, un conflicto que revela las profundidades del perdón divino. Los principios que encontramos en estas historias son sumamente valiosos para la iglesia actual, pues revelan cómo tratar con los conflictos y qué resultados positivos se obtuvieron cuando la gente siguió estos principios.

Los grandes reavivamientos espirituales del pasado fomentaron la curación de las relaciones. La obra del Espíritu Santo atrajo a las perso­nas más cerca de Dios y de los unos con los otros. Las grandes demos­traciones de la veracidad del evangelio no son necesariamente lo que la iglesia dice, sino cómo viven los feligreses. Jesús mismo dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35).

Pablo era apasionado acerca de compartir a Jesús. Era un hombre en misión. Bernabé unió sus iniciativas evangelizadoras, y los dos formaron un equipo evangelizador intrépido. Su relación se realizó a diferentes niveles: eran amigos, asociados en el trabajo, y compañeros cristianos. Pero finalmente surgió un conflicto entre ambos: uno que involucró a Juan Marcos. Evidentemente, este joven predicador abandonó su puesto en Panfilia cuando las cosas se pusieron difíciles allí. Elena de White nos dice: “Esta deserción indujo a Pablo a juzgar desfavorable y aun severa­mente, por un tiempo, a Marcos. Bernabé, por otro lado, se inclinaba a excusarlo por causa de su inexperiencia. Anhelaba que Marcos no aban­donase el ministerio, porque veía en él cualidades que la habilitarían para ser un obrero útil para Cristo” (Los hechos de los apóstoles, p. 140).

De esta manera, aunque Pablo y Bernabé tenían un profundo respeto mutuo, el conflicto sobre Juan Marcos los llevó a separarse. Pablo invitó a Silas a acompañarlo en sus viajes de predicación, y Bernabé y Juan Marcos formaron otro equipo evangelizador.

Dios usó a ambos equipos evangelizadores para plantar iglesias nuevas y ganar a conversos nuevos, no obstante había todavía problemas entre ellos que necesitaban resolver. La meta final de Dios para Pablo, Bernabé y Juan Marcos era la reconciliación. Él anhelaba que su relación se restau­rara. El apóstol que predicaba la gracia necesitaba extender gracia al joven predicador que lo había abandonado. El apóstol del perdón necesitaba perdonar al joven que lo había ofendido. El perseguidor de los cristianos que había recibido una segunda oportunidad necesitaba ofrecer al joven que se había desanimado, una segunda oportunidad.

Aunque algunos de los detalles de la reconciliación con Juan Mar­cos sean algo breves, el registro bíblico deja claro que la relación se restauró. Pablo notó el crecimiento en la gracia de Juan Marcos, y eso conmovió el corazón de Pablo. Él se acercó a Juan Marcos y este llegó a ser uno de sus compañeros de mayor confianza. Finalmente, Pablo recomendó a Juan Marcos a la iglesia de Colosas como uno de los que lo ayudaban en el reino de Dios (Colosenses 4:10, 11). Y al final de su vida, le pidió a Timoteo que trajera consigo a Juan Marcos a Roma, “porque me es útil para el ministerio” (2 Timoteo 4:11). La barrera entre ellos se había derribado. La gracia de Dios había sanado la relación quebrada. Y el ministerio de Pablo se enriqueció con el joven predicador a quien él había perdonado.

Piensa en el gozo que el apóstol Pablo hubiera perdido si no hubiera estado dispuesto a perdonar. Piensa en el gozo que Juan Marcos hubiera perdido si hubiera quedado rumiando su amargura y rechazado el perdón de Pablo por su cobardía. La gente que no perdona no puede tener rela­ciones profundas, y así dejan de recibir mucho gozo en la vida.

De esclavo a hijo

Mientras Pablo estuvo encarcelado en Roma, se encontró con un es­clavo fugitivo llamado Onésimo. Este esclavo había escapado de Colosas a Roma, esperando, evidentemente, comenzar allí una vida nueva. Pablo conocía a su amo, Filemón. En realidad, lo llama “amado Filemón, cola­borador nuestro” (Filemón 1). La epístola a Filemón es la apelación de Pablo a su amigo a que perdonara a Onésimo y restableciera su relación.

Filemón era un líder de la iglesia en Colosas. Si mantenía amargura hacia Onésimo, mancharía su testimonio cristiano. Y si Onésimo, un cristiano reciente, no resolvía su problema con su amo, su experiencia con Jesús sería afectada seriamente. Las relaciones importan no solo porque son críticamente importantes para la armonía de la iglesia, sino también para el crecimiento espiritual de las personas involucradas. Por difícil que suene, no podemos crecer en la gracia hasta que la extendamos a otros, y no podemos experimentar el perdón en toda su maravilla y belleza a menos que estemos dispuestos a perdonar.

En su epístola a los Gálatas, Pablo había tronado: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vo­sotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). Así que encontramos un poco sorprendente que Pablo no le escribiera a Filemón acerca de los males de la esclavitud. Pero la estrategia de Pablo fue mucho más efectiva de lo que hubiera sido una confrontación directa. Envió a Onésimo de regreso a Filemón no como esclavo sino como su “hijo”, y como “amado hermano” de Filemón “en el Señor” (Filemón 16).

Los esclavos fugitivos afrontaban un futuro lúgubre. En el mejor de los casos, estaban condenados a una vida de destitución y pobreza, y si los capturaban, afrontaban castigos que iban de una severa tunda de azotes hasta la ejecución. Pero como hermano de Filemón en Cristo y ahora trabajador dispuesto, la comida, el alojamiento y el trabajo estaban asegurados para Onésimo. Así, la restauración de esta relación quebrada hizo una diferencia dramática en su vida en la Tierra y su destino eterno. Llegó a ser un “amado y fiel hermano” y colaborador con Filemón y Pablo en la causa de Cristo (Colosenses 4:9). Un informe del siglo segundo dice que Ignacio, uno de los líderes de la iglesia cristiana en la generación siguiente a los discípulos, se encontró con Onésimo en Éfeso, donde había llegado a ser uno de los líderes espirituales de la iglesia local.

La reconciliación hizo una diferencia. Dios tenía planes para este esclavo fugitivo, y la curación de esta relación fracturada con Filemón impulsó estos planes.

¿Tiene Dios planes sorprendentes para tu vida que podrían avanzar sanando alguna relación rota? ¿Podría Dios llamarte a un cambio –una reforma– en tu relación con un miembro apartado de tu familia o un ex amigo? ¿Podría el Espíritu Santo estar impresionándote a tomar las ini­ciativa para restaurar esa relación? Si no tomas la iniciativa, la relación puede nunca restaurarse. Piensa en las bendiciones para ti y para la otra persona que se estarían perdiendo.

De comparación a complementación

Vemos intención para nuestras relaciones también en la iglesia en Corinto. Esa iglesia estaba plagada de conflictos. Los miembros se iden­tificaban como seguidores de Apolos, de Pedro o de Pablo, y construían muros mentales que dividían la iglesia. Su animosidad los había hecho carnales, no espirituales, de modo que la envidia y las contiendas eran comunes. Las actitudes y acciones de la iglesia ciertamente no reflejaban el amor de Jesús. Sus miembros no actuaban como personas cuyos corazo­nes hubieran sido convertidos y cuyas vidas hubieran sido transformadas. Esa iglesia necesitaba reforma.

En las cartas de Pablo a los Corintios, bosquejó principios vitales de unidad en la iglesia. Señaló que Jesús usa a personas diferentes para realizar ministerios diferentes en su iglesia, y que aunque los roles de los miembros diferían, cada uno de ellos era un obrero junto con Dios para la edificación de su reino (1 Corintios 3:9).

Dios nos llama a cooperar, no a competir. Cada creyente recibió un don de Dios para ministrar al cuerpo de Cristo y servir a la comunidad (1 Corintios 12:11). La iglesia de Cristo necesita los dones de todos los creyentes (1 Corintios 12:18-23). Aquellos dones no tienen la intención de mostrar el favor de Dios sobre algunos por encima de otros. Los da de modo que podamos servir a las personas que tienen necesidad. Toda comparación con otros, entonces, no es prudente. Las comparaciones nos hacen sentir desanimados u orgullosos, y ambas actitudes estorban nuestra efectividad por Cristo. Al trabajar dentro de la esfera de influencia que Cristo nos dio, encontraremos gozo y satisfacción en nuestra testificación. Nuestras labores complementarán los esfuerzos de los otros miembros, y la iglesia de Cristo dará pasos enormes hacia el reino.

Elena de White señala: “Cuando los obreros tengan un Cristo que more permanentemente en sus almas, cuando todo egoísmo esté muerto, cuando no haya rivalidad ni lucha por la supremacía, cuando exista unidad, cuando se santifiquen a sí mismos, de modo que se vea y sienta el amor mutuo, entonces las lluvias de gracia del Espíritu Santo vendrán sobre ellos tan ciertamente como que la promesa de Dios nunca faltará en una jota o tilde” (Mensajes selectos, tomo 1, p. 206). Los conflictos entre los líderes y los miembros de la iglesia traen desprestigio al cuerpo de Cristo. Pero cuando se elimina la fricción y los combatientes se reconcilian, el nombre de Dios es honrado y su causa progresa.

En el siglo XIX, Charles Spurgeon y Joseph Parker eran pastores en Londres. Un domingo, Parker comentó desde el púlpito que los niños admitidos en el orfanato de Spurgeon llegaban a una condición de ex­trema pobreza. Lamentablemente, alguien le contó al pastor Spurgeon que Parker había dicho que su orfanato estaba en muy mala condición.

El domingo siguiente, Spurgeon se descargó contra Parker desde el púlpito. Su ataque se publicó en los diarios, y fue la comidilla de la ciudad. Por ello, el domingo siguiente la gente se agolpó en la iglesia de Parker para escucharlo dar andanadas contra Spurgeon. En cambio, Parker dijo: “Entiendo que el Dr. Spurgeon no está en su púlpito hoy, y este es el domingo donde suelen tomar una ofrenda para el orfanato. Sugiero que en cambio nosotros aquí recojamos una ofrenda de amor”.

La multitud estaba feliz. Los ujieres tuvieron que vaciar sus platillos tres veces para recibir todo el dinero que la gente dio. Más tarde en la semana, Spurgeon tocó la puerta de Parker, y cuando Parker respondió, Spurgeon dijo: “Sabe, Parker, que Ud. practicó la gracia conmigo. Ud. no me dio lo que yo merecía; me dio lo que yo necesitaba”.

La actitud llena de gracia del pastor Parker honró a Dios y demostró a los observadores la realidad del evangelio.

El apóstol Pablo nos insta a dejar de hacer comparaciones y a descartar la competición. La cooperación y la complementación, la compasión y la preocupación, son características de una iglesia saludable.

La amargura bloquea las bendiciones de Dios. La envidia carcome nuestro entusiasmo por las cosas del reino. La división destruye nuestro deleite en Jesús. Pero el perdón abre los canales atascados del corazón. Nos prepara para recibir las mayores bendiciones de Jesús.

¿Qué es realmente el perdón? ¿Justifica el perdón la conducta de al­guien que nos ha hecho un mal terrible? ¿Qué pasa si la persona que mantenemos a distancia no merece nuestro perdón? ¿Qué pasa si esa persona no está arrepentida?

Los evangelios responden estas preguntas. Cristo tomó la iniciativa al reconciliarnos con él. Su perdón no depende de nuestro arrepentimiento. Él nos perdonó antes que nos arrepintiéramos a fin de traernos el arrepen­timiento. La “benignidad” de Dios nos “guía al arrepentimiento” (Romanos 2:4). En Cristo, fuimos reconciliados con Dios mientras todavía éramos pecadores. Nuestro arrepentimiento y confesión no crean la reconcilia­ción; la muerte de Cristo en la cruz lo logró. Esa muerte en la cruz nos reconcilió con Dios aun “siendo enemigos” (Romanos 5:10).

El perdón es algo que creemos y sentimos, y algo que hacemos. Dios nos dio en la persona de Jesucristo el modelo. Él no nos perdona porque somos dignos. Aceptar el perdón que él ofrece gratuitamente es lo que nos hace dignos. No somos perdonados porque seamos justos. Cuando Jesús nos perdona llegamos a ser justos. En uno de los pasajes más sorprendentes de la Biblia, Pablo describe la magnitud del amor de Dios: “Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Romanos 5:8, BJ).

En nuestras naturalezas pecaminosas éramos hostiles hacia Dios; pero él tomó la iniciativa y nos reconcilió a sí mismo por medio de la muerte de su Hijo. Siendo que él nos buscó cuando no lo habíamos buscado a él, deberíamos buscar a otros aun cuando ellos no nos están buscando. Siendo que él nos perdonó cuando no lo merecíamos, deberíamos perdonar a otros cuanto no lo merecen.

Perdonar a las personas no justifica su conducta hacia nosotros. Senci­llamente significa que por cuanto Cristo no nos condenó, nosotros no los condenamos. Podemos ser reconciliados con aquellos que nos han hecho mal porque Cristo nos reconcilió consigo cuando nosotros le estábamos haciendo mal a él. Podemos perdonar porque somos perdonados. Podemos amar porque somos amados. El perdón es una elección. Podemos elegir perdonar a pesar de las acciones o las actitudes de las otras personas hacia nosotros. Este es el verdadero espíritu de Jesús.

Es cierto que no podemos recibir las bendiciones del perdón hasta que confesemos nuestros pecados. Pero esto no significa que nuestra confesión crea el perdón en el corazón de Dios. El perdón estaba en su corazón todo el tiempo. Nuestra confesión nos permite recibir ese perdón (1 Juan 1:9). La confesión es vitalmente importante no porque cambia la actitud de Dios hacia nosotros, sino porque cambia nuestra actitud hacia él. Cuando cedemos al poder convincente del Espíritu Santo y nos arrepentimos y confesamos nuestros pecados, somos transformados.

Dejar de perdonar a alguien que nos ha herido nos lastima más a noso­tros que a la otra persona, aun si esa persona no merece nuestro perdón. Si rehúsas perdonar, estás apilando más dolor encima del dolor de la herida que recibiste. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, Corrie Ten Boom, que había sufrido los horrores de un campo de concentración nazi, viajaba por Alemania predicando un mensaje de perdón. Corrie hizo esta aguda observación: la gente que pudo perdonar fue capaz de seguir con sus vidas y sanar las heridas que habían sufrido. Los que no perdonaron, quedaron encerrados en el pasado y condenados por ello. La decisión de perdonar hizo toda la diferencia.

Del rencor a la restauración

En Mateo capítulo 18, Jesús declara: “Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos” (Mateo 18:15). La intención de Jesús es que mantengamos el conflicto en un círculo tan pequeño como sea po­sible. Él quiere que las dos personas involucradas resuelvan el problema ellas mismas. La gente a menudo se pone mucho más defensiva cuando siente que otras personas lo están denigrando en público, pero se crea un clima de reconciliación cuando los cristianos se esfuerzan por resolver sus diferencias privadamente en el espíritu del amor cristiano y la mutua comprensión. Entonces, la atmósfera es apropiada para que el Espíritu Santo trabaje con ellos para resolver sus diferencias.

Elena de White nos da esta divina vislumbre: “Con espíritu de manse­dumbre, ‘considerándote a ti mismo, porque tú no seas también tentado’ (Gálatas 6:1), ve al que yerra, y ‘redargúyele entre ti y él solo’. No le avergüences exponiendo su falta a otros, ni deshonres a Cristo haciendo público el pecado o error de quien lleva su nombre” (El Deseado de todas las gentes, p. 408). Cuando tratamos con conflictos, el amante y perdonador espíritu de Jesús hace toda la diferencia. En el espíritu de Jesús, comparte las cargas y preocupaciones de tu corazón. Si has herido a tu hermano, pide perdón. Oren juntos, procurando amarse el uno al otro.

Hay ocasiones cuando las apelaciones personales para resolver el con­flicto son inefectivas. En estos casos, Jesús nos invita a tomar otras dos o tal vez tres personas con nosotros. Deberían ir con una actitud de amor cristiano y compasión como consejeros y compañeros de oración.

Deberíamos dar este segundo paso en el proceso de la reconciliación solo después de haber dado el primero. Si no hemos ido al ofensor individualmente e intentado tratar el problema, no deberíamos intentar resolverlo en un am­biente de grupo. Cuando más personas están involucradas en un problema, mayor es la tentación de tomar partido y ponerse defensivos. Jesús tuvo la intención que el proceso que sugirió reúna a la gente, no los separe más toda­vía. Quiere que se restauren las relaciones, no demostrar quién tiene razón.

Ocasionalmente, todos los intentos de resolver el problema fallan. En ese caso, Jesús nos instruyó a llevar el problema ante la iglesia. No quiere que se interrumpa el culto de adoración del sábado de mañana con conflictos per­sonales. La junta de la iglesia es un foro apropiado para tratar el problema que los dos primeros pasos no resolvieron. De nuevo, el propósito de Cristo es la reconciliación. No es echar la culpa a una persona y exonerar a la otra. Seguir las instrucciones de Cristo traerá unidad a su iglesia. El amor gana.

El autor y maestro Dr. Howard Hendricks cuenta la historia de un joven que se apartó del Señor pero finalmente fue traído de regreso por la ayuda de un amigo. Hendricks le preguntó a este cristiano cómo se sintió cuando estaba lejos del Señor.

El joven dijo que le pareció como estar en el mar, en aguas profundas -grandes problemas- y todos sus amigos estaban en la orilla gritándole acusaciones acerca de la justicia, penas y errores. “Pero”, dijo él, “había un hermano cristiano que realmente nadó hasta donde yo estaba para tomarme y no soltarme. Yo peleé con él, pero él puso a un lado mi pelea, me tomó, puso un salvavidas alrededor de mí, y me llevó a la orilla. Por la gracia de Dios, él fue la razón de mi restauración. Él no me soltó”.

Tampoco nosotros tenemos que soltar a la gente y nuestras relaciones con ellas demasiado fácil. Que la gracia de Dios nos haga menos críticos y más perdonadores. Que nosotros –tú y nuestras iglesias– seamos em­bajadores de reconciliación antes que agentes de condenación.

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