06 Libro Complementario -Reavivamiento y Reforma - 3er. Trimestre 2013El desafío de llevar el mensaje divino de los últimos días al mundo entero en esta generación puede parecer imposible.

Desde la perspectiva humana los obstáculos son formidables. Considera los enormes números. Es cierto, la feligresía de la iglesia Adventista del Séptimo Día -miembros bautizados y niños- se está acercando a los 25 millones. Pero hay más de 7.000 millones de per­sonas en nuestro planeta, y solo 2.200 millones de ellos se consideran cristianos. La iglesia está creciendo rápidamente pero, lamentablemen­te, no se mantiene al paso con el crecimiento de la población mundial, y hay numerosas áreas donde el nombre “adventista del séptimo día” todavía es desconocido.

Estos números graves nos plantean varias preguntas serias. ¿Puede ser predicado el evangelio a todo el mundo en esta generación? ¿Cómo se terminará la obra de Dios en la Tierra? ¿Habrá algún evento que apresu­rará dramáticamente la proclamación de los mensajes traídos a la Tierra por los tres ángeles del Apocalipsis?

Estas preguntas pueden perturbarnos, hasta que recordamos que aun­que Dios nos ha dado el privilegio de cooperar con él en su obra, en última instancia, la misión es de Dios, y él la realizará. El derramamiento del Espíritu Santo con poder en la lluvia tardía es lo que finalmente concluirá la obra de Dios en la Tierra.

El poder prometido

A la gran comisión de Jesús: “Id… a todo el mundo” (ver Mateo 28:18-20), la acompaña su gran promesa. Sus seguidores predican el evangelio por su autoridad y con su poder. Él ha prometido a su iglesia que cuando lleven la misión él estará con ellos “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). En la vida, muerte y resurrección de Jesús, él triunfó sobre todas las fuerzas del mal, incluyendo todos los malos espíritus, fuerzas demoníacas, enfermedad y muerte. Él es el amo de toda situación.

El Evangelio de Mateo muestra que Jesús tiene autoridad sobre las fuerzas del mal en cada situación. Ya triunfó sobre las fuerzas del infierno, y cuando salimos con fe para compartir el mensaje de Jesús con otros, vamos con su autoridad y con su poder. Él nos da sabiduría, fuerzas y ánimo. Elena de White dice que cuando Jesús les dio la comisión a sus discípulos, “proveyó ampliamente para la prosecución de la obra y tomó sobre sí la responsabilidad de su éxito. Mientras ellos obedeciesen su palabra y trabajasen en relación con él, no podrían fracasar” (El Deseado de todas las gentes, p. 761).

José y Sonia, dos personas sencillas, creían que el Espíritu Santo les daría poder para testificar por Jesús a pesar de sus limitaciones. No pa­recían ser los mejores candidatos para compartir la Palabra de Dios con otros. No tenían las cualidades generalmente necesarias para ser testigos efectivos. Sin embargo, tenían la cualidad más importante: corazones entregados a Dios y llenos del Espíritu Santo.

José vivía en una pequeña comunidad rural. Había crecido sin las ven­tajas de una educación formal. Aun siendo adulto, no sabía leer ni escribir. Pero sus hijos sabían, de modo que les pedía que le leyeran la Biblia. De esta manera, memorizó centenares de textos bíblicos.

Un día, el Espíritu Santo lo impresionó para que compartiese su fe con otras personas. Así que comenzó a visitar a otras familias de su comu­nidad con su Biblia en la mano. Les decía a las personas con quienes se encontraba que él no sabía leer, y les pedía que le leyeran un pasaje de la Biblia. A los que aceptaban leerle, los guiaba a textos sobre temas tales como la salvación, la segunda venida de Cristo y el sábado. José visitaba a estas personas cada semana, y con el tiempo, muchos de sus lectores estuvieron dispuestos a estudiar y más, y finalmente se bautizaron.

Sonia es ciega, pero tiene una visión espiritual real. Una amiga era su guía, y ella caminaba por las calles de la ciudad en el sur de la India donde ella vivía, golpeaba las puertas de una persona tras otra, y les pregunta­ba si les gustaría que ella orara por ellos. Por medio de su ministerio de oración ella desarrolló veintenas de amigos espirituales, muchos de los cuales pidieron estudios bíblicos y se bautizaron.

Las historias de José y de Sonia nos dicen una verdad eterna: Dios no llama a los capacitados; él capacita a los que llama. Él usa a quienes están dispuestos, les de poder, y los envía para testificar por él. La gran comisión que Jesús dio no es para unos pocos elegidos. Es para toda la iglesia, para cada miembro. Cuando Jesús tenga un pueblo totalmente comprometido con él y dispuesto a compartir su amor y su verdad con las personas que los rodean, él derramará su Espíritu Santo con el poder de la lluvia tardía para la terminación de su obra.

La gran comisión que Jesús nos dio pide que vayamos a “todas las naciones” (Mateo 28:19). El texto griego dice tá éthn, que literalmente significa “todos los grupos étnicos”, o “todos los pueblos”. Jesús comisionó a su iglesia a proclamar el evangelio de su amor y verdad a cada persona en cada aldea, pueblo, ciudad, estado o provincia, y país del mundo. La tarea es grande, pero nuestro Dios es más grande.

Jesús prometió a sus discípulos: “Yo enviaré la promesa de mi Padre”, y ellos recibirían “poder desde lo alto” (Lucas 24:49). Hechos lo hace muy explícito: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la Tierra” (Hechos 1:8).

No importa cuán aparentemente difícil sea la situación, las promesas de Dios son seguras. La proclamación del evangelio al mundo entero en esta generación puede parecer imposible, pero el poder de Dios vencerá todo obstáculo. El poder del infierno será derrotado. Antes del retorno de nuestro Señor, cada persona sobre el planeta Tierra tendrá una opor­tunidad razonable para escuchar y comprender el mensaje de amor y verdad de Dios.

Una promesa que abarca todo

La historia registrada en el libro de los Hechos no es la de unas pocas personas aisladas aquí y allí que recibieron el derramamiento del Espíritu Santo. Es la historia de la iglesia entera que recibió el poderoso derrama­miento del Espíritu. Toda la iglesia oró. Toda la iglesia confesó. Toda la iglesia se arrepintió. Toda la iglesia se comprometió con la misión. Toda la iglesia buscó ser llena con el Espíritu Santo. Y Dios respondió, y toda la iglesia abrió su corazón a esta bendición de Dios. Repasemos una vez más la reunión de oración del aposento alto.

“Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las muje­res y con María la madre de Jesús” (Hechos 1:14). Los ciento veinte creyentes que comprendían la naciente iglesia buscaron fervientemente a Dios en oración (Hechos 1:15). Oraron por el derramamiento prometido del Espíritu Santo. Reconocieron su incapacidad para alcanzar el mundo con la his­toria del Señor resucitado. Y mientras oraban, confesando sus pecados e implorando el poder de Dios para proclamar su gracia, las compuertas del Cielo se abrieron, y la lluvia del Espíritu cayó sobre ellos. Lucas describió la escena de la siguiente manera: ‘Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:4; la cursiva fue añadida).

Nota que el texto dice: “Fueron todos llenos del Espíritu Santo”. ¿Quié­nes eran “todos” los que fueron llenos? La palabra no quiere decir solo todos los apóstoles. Significa que fueron todos los que estaban en el apo­sento alto, los 120 creyentes.

Pedro reconoció que lo que sucedió en el aposento alto era el cum­plimiento de una profecía del libro de Joel, en el Antiguo Testamento. Cuando explicó lo que sucedía, citó esa profecía: “Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán” (Hechos 2:17, 18).

Dios no presta atención al sexo: el Espíritu Santo fue derramado sin medida a hombres y mujeres por igual. Dios no presta atención a la edad: el Espíritu Santo fue derramado sin medida sobre jóvenes y ancianos por igual. Dios no presta atención a la condición social: El Espíritu Santo fue derramado sin medida sobre los siervos domésticos, los trabajadores comunes, los ricos y los fariseos por igual.

Ese derramamiento del Espíritu Santo tuvo un efecto dramático: ¡tres mil fueron bautizados en un solo día! Dios hizo lo que esos creyentes del siglo primero nunca soñaron posible. Cuando se despertaron la mañana de Pentecostés, eran un grupo de creyentes que luchaban. Cuando se fue­ron a la cama esa noche, eran una fuerza importante. Y aquí hay buenas noticias para el pueblo de Dios de hoy: “Estas escenas han de repetirse, y con mayor poder. El descenso del Espíritu Santo en el día de Pentecostés fue la primera lluvia, pero la última lluvia será más abundante” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 92). “El transcurso del tiempo no ha cambiado en nada la promesa de despedida de Cristo de enviar el Espíritu Santo como su representante. No es por causa de alguna restricción de parte de Dios por lo que las ri­quezas de su gracia no fluyen a los hombres sobre la Tierra. Si la promesa no se cumple como se espera, se debe a que no se la aprecia plenamente. Si todos lo quisieran, todos serían llenos del Espíritu” (Los hechos de los apóstoles, p. 41; la cursiva fue añadida).

A lo largo de los tiempos del Antiguo Testamento, Dios derramó su Espíritu Santo sobre personas, pero en Pentecostés, lo derramó sobre su iglesia entera. Y cuando los miembros de esa iglesia fueron llenos del Espíritu de Dios, el mensaje del evangelio que llevaban cambió al mundo.

Dios anhela hacer eso otra vez. Ansia derramar su Espíritu sobre hom­bres y mujeres, jóvenes y ancianos, ricos y pobres, educados y no educados. La promesa del Espíritu abarca todo. Es para ti, y es para mí. Es para tu congregación y para el cuerpo mundial entero de los adventistas del séptimo día. Es nuestra. Podemos reclamarla hoy. Jesús anhela llenarnos con el poder de su Espíritu Santo ahora mismo.

¿Cómo podemos recibir al Espíritu Santo individualmente? ¿Y cómo puede toda la iglesia recibir este poderoso derramamiento?

Aunque Dios ha prometido dar su Santo Espíritu a su pueblo de la Tierra en los últimos días, hay condiciones que deben cumplirse. Dios no enviará su Espíritu si no estamos orando por él. Lucas dice que la iglesia en su día “perseveraban unánimes en oración y ruego” (Hechos 1:14). Elena de White nota: “Debemos orar tan fervientemente por el descenso del Espíritu Santo como oraron los discípulos el día de Pentecostés” (“Our Battle with Evil”, Review and Herald, 25 de agosto de 1896). Zacarías nos dijo: “Pedid a Jehová lluvia en la estación tardía” (Zacarías 10:1).

Jesús nos da el siguiente consejo animador: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lucas 11:13). Y Elena de White aconsejó: “Mis hermanos y hermanas, rogad por el Espíritu Santo. Dios respalda cada promesa que ha hecho” (Testimonios para la iglesia, tomo 8, p. 30).

Pasos hacia el reavivamiento espiritual

En el capítulo 5, mencioné el reavivamiento espiritual que sacudió Gales en 1904. Alguien le preguntó a Evan Roberts, el joven por medio del cual comenzó el despertar, cuáles son los pasos que una persona debe dar para iniciar un reavivamiento tal. Él dijo que debemos buscar a Dios y confesar todos los pecados conocidos, eliminar cualquier cosa que pudiera estorbar la relación de la persona con Jesús, obedecer al Espíritu en el instante y sin reservas, y confesar a Cristo públicamente.

Estos pasos requieren que busquemos a Dios en oración. Debemos orar cada día por una nueva unción del Espíritu Santo. Debemos con­sagrar cada cosa que tenemos y somos a Dios. Debemos escuchar lo que el Espíritu Santo nos dice por medio de la Palabra de Dios, y estar listos para seguirlo de inmediato. Y debemos contar a otros lo que Dios está haciendo en nuestra vida.

No debemos vacilar en hablar del amor y la gracia de Dios a la gente que Dios trae a nuestra vida. La plenitud del poder del Espíritu Santo será derramada solo sobre upa iglesia que ora, se compromete, está unida y testifica. El estar centrado en sí mismo, el orgullo y la com­petición limitan lo que Dios puede hacer por nuestro intermedio. Su poder será liberado cuando permitamos que él reine con supremacía en nuestras vidas. Su poder será derramado cuando le demos la gloria por cualquier cosa que él logre por medio de nosotros. Su poder vendrá cuando amemos a los perdidos como él los ama. El poder del Espíritu Santo caerá del Cielo cuando las cosas que nos importan más sean las cosas que le importan más a él.

Las lluvias temprana y tardía

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamentos usan el agua como un símbolo del Espíritu Santo. Por medio del profeta Isaías, nuestro Señor prometió: “Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal… mi Espíritu derramaré sobre tu generación” (Isaías 44:3). Encontramos el mismo para­lelismo y simbolismo en el libro de Joel. Dios promete regar los campos de Israel y luego declara: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne” (Joel 2:23, 28). Jesús también usó el agua para representar el Espíritu Santo. Juan nos cuenta que durante la Fiesta de los Taberná­culos, Jesús entró al templo y proclamó: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:38), y luego explica: “Esto dijo del Espíritu” (versículo 39).

Los agricultores en Israel comenzaban a arar sus campos y sembrar la semilla a mediados de octubre, poco antes de que cayeran las llu­vias tempranas. Estas lluvias permitían que las semillas germinaran, y nutrían su primer crecimiento. La lluvia tardía venía a fines de la primavera (hemisferio norte, marzo-abril). Ayudaban al crecimiento final del grano.

La lluvia temprana del Espíritu cayó sobre los discípulos en Pentecos­tés, iniciando la iglesia cristiana, y la lluvia tardía correspondiente será derramada sobre la iglesia de Dios al final del tiempo, llevando su obra a su plena madurez. Cuando caiga, la iglesia recibirá el poder para comple­tar la misión de Dios sobre la Tierra. Por medio del derramamiento del Espíritu Santo con el poder de la lluvia tardía, la Tierra será iluminada por la gloria de Dios.

Este derramamiento será la mayor manifestación del poder del Espíritu de Dios desde el Pentecostés. La luz de la Palabra de Dios penetrará en los rincones más oscuros de esta Tierra. Su amor se revelará en su pueblo, mostrando al mundo que espera y a un universo que observa que la gra­cia de Dios es suficiente para vencer todos los poderes del mal. Cuando el poder de Dios opere en las vidas de su pueblo, su mensaje triunfará y Jesús vendrá (Mateo 24:14).

No se requerirá menos que el poder de la lluvia tardía para que la iglesia complete la misión de Dios en la Tierra, y Dios no ofrece nada menos que ese poder. Dios nos da una provisión infinita del don más precioso del Cielo para capacitar que su iglesia realice la tarea más urgente e impor­tante alguna vez confiada a los seres humanos.

El fin de la gran controversia

El Apocalipsis, el último libro de la Biblia, registra el mensaje final de Dios a un planeta en grandes problemas. El último llamado de Dios está lleno de esperanza. El mensaje de todo el libro del Apocalipsis puede resumirse en cuatro palabras: Jesús gana; Satanás pierde. Toda la historia está avanzando a la culminación gloriosa: la venida de Jesús. El regresará a la Tierra como Rey de reyes y Señor de señores.

Esta es una buena noticia. De hecho, es la noticia más increíble en todo el universo. El mismo Jesús que fue a la cruz para derrotar a Satanás, vendrá otra vez y triunfará sobre los poderes del infierno para liquidar completamente el mal. (Ver Apocalipsis 19:19-21; Ezequiel 28:18, 19.) El mal no tendrá la última palabra. La pobreza y la pestilencia no tendrán la última palabra. La enfermedad y el sufrimiento no tendrán la última palabra. El caos y el crimen no tendrán la última palabra. Las dolencias y la muerte no tendrán la última palabra. Dios tendrá la última palabra. Él escribirá el capítulo final de la controversia entre el bien y el mal.

¿Por qué todavía no lo ha hecho? Porque Dios anhela salvar a las per­sonas perdidas. Su corazón de amor infinito no puede soportar el pen­samiento de que una persona se pierda. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están haciendo unidos todo lo que sea posible para alcanzar a toda persona posible.

Pronto la crisis final caerá sobre este mundo. Pronto Jesús derramará su Espíritu con el poder de la lluvia tardía y la obra de Dios en la Tierra se terminará. Pronto “vendrán siervos de Dios con semblantes iluminados y resplandecientes de santa consagración, y se apresurarán de lugar en lugar para proclamar el mensaje celestial. Miles de voces predicarán el mensaje por toda la Tierra. Se realizarán milagros, los enfermos sanarán y signos y prodigios seguirán a los creyentes” (El conflicto de los siglos, p. 670).

Pronto vendrá Jesús. Pronto el Cielo y la Tierra se regocijarán. Como todo esto ocurrirá pronto, no hay nada más importante que nuestra ex­periencia de un reavivamiento de la gracia de Dios en nuestros corazones cada día, y que invitemos que su Espíritu Santo nos reforme a su imagen (1 Juan 3:1-3).

¿Abrirás tu corazón a Jesús ahora mismo, y le pedirás que haga una obra profunda de gracia en tu vida? ¿Renovarás tu compromiso de orar, estudiar la Biblia y testificar? ¿Rendirás todo lo que haya en tu vida que el Espíritu Santo te señale por no estar en armonía con la voluntad de Dios? Juntos hagamos este compromiso ahora mismo.

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