Aquel momento en compañía de los niños seguramente fue una especie de oasis para él. Sin embargo, tras haber declarado que el reino de los cielos es de los niños, Jesús supo que era momento de emprender nuevamente su camino. Sin embargo, apenas había avanzado un poco, un joven lo alcanzó corriendo. Acto que habría sido impropio de una persona adulta, pero no para aquel joven, a quien parecía urgirle un encuentro con Cristo. Una vez que lo alcanza, pregunta a Jesús de manera respetuosa: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». Desconozco su nombre, pero sé que el joven que hizo esta pregunta era alguien que gozaba de una buena posición social y poseía muchas riquezas. Habiendo seguido de cerca las acciones de Cristo, en cierto momento había llegado a pasar por su mente la idea de ser discípulo suyo. Por eso, al saber que ese día pasaría cerca, decidió que por ningún motivo perdería la oportunidad de encontrarse con él. Jesús supo de inmediato que una pregunta tan directa y sincera merecía una respuesta similar; así que procedió a hablarle de la obediencia a los mandamientos de Dios, especialmente aquellos que muestran el deber del hombre para con sus semejantes: «No adulteres», «no mates», etcétera. «¿Eso es todo?», replicó aquel joven con un aire de autosuficiencia. «La verdad es que todo eso lo he practicado desde que tengo uso de razón». Pero, aunque no lo expresa verbalmente, en su mente la respuesta de Jesús no lo ha dejado satisfecho: «¿Habrá algo que aún me esté haciendo falta? Esperaba que tú, que eres un gran maestro, me lo dijeras».

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