Un antídoto procedente del cielo permíteme que te hable de María. Como ya te dije en otro momento, mi padre se casó con ella en segundas nupcias; fue la esposa de mi padre, -M- pero no mi mamá. Debido a esto, mi simpatía por a ella, en realidad no fue mucha. De hecho, si buscas en los Evangelios las veces que mis hermanos y yo aparecemos acompañándola son pocas y no se distinguen por ser propiamente lo que se llamarían ‘momentos familiares”. Por supuesto, en el caso de Jesús esto era totalmente diferente. Desde su niñez su vida se caracterizó por el respeto y el amor hacia ella. Sin embargo, tener el privilegio de ser madre del Mesías no fue algo fácil para María. Aun­ que siempre creyó de todo corazón que en su hijo se daba el cumplimiento del Salvador prometido, a menudo le resultó difícil expresar dicha convicción. Toda su vida compartió con él sus sufrimientos y fue testigo pesaroso de las pruebas que tuvo que enfrentar desde la niñez. Al mismo tiempo, al justi­ficar la conducta de Jesús ella también se vio sometida a situaciones ingratas. Dado que ella consideraba que el tierno cuidado de la madre sobre sus hijos es de vital importancia en la formación del carácter, mis hermanos y yo, con malicia, intentamos aprovecharnos de esto para que, apelando a su ansiedad, nos hiciera caso y corrigiera las prácticas de Jesús según nuestra opinión. Sus decisiones, sin embargo, nos mostraron su gran sabiduría y, pese a ser blanco de nuestros juicios y reproches, hizo un excelente trabajo como ma­ dre: «Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres» (Luc. 2: 52).

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