Ni hablar ni actuar como ellos A estas alturas, no creo que tus dudas respecto a lo mal que traté a Jesús sean muchas. Aceptarlo me lleva de nuevo a reprobar mi conducta y sentir pesar por ella. ¿Cómo pudo ocurrírseme siquiera juzgar las ac­ciones del Dador de la ley? ¿Por qué tardé tanto en reconocer que él es el úni­co que puede juzgar a los seres humanos? ¡ Qué error haber tratado así a quien vino y vivió en este mundo con el propósito de salvarme! Hoy, sin embargo, no solo estoy seguro de su perdón, sino que también he logrado entender por qué actué así en el pasado. Y dado que considero que puede serte útil, quisiera comentarte algunas de las cosas que Cristo me hizo comprender al respecto. Comenzaré por decirte que, aunque hacía tempo que conocía sus pala­bras: «No juzguéis, para que no seáis juzgados», no fue hasta que acepté a Je­sús como mi Señor y Salvador que el Espíritu Santo me capacitó para captar su verdadero significado. Con ellas, Jesús intentó decirnos que ninguno de nosotros puede considerarse como norma de los demás y que, por lo tanto, no hemos de esperar que nuestras opiniones y conceptos del deber se conviertan en un criterio para otros.

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