Devoción Matutina Para Damas | Jueves 6 de Abril del 2017


UNA EXTRAÑA

“Amaréis, pues, al extranjero, porque extranjeros fuisteis” (Deut. 10:19).

Cuando estaba en octavo grado, un día, mi hermano Buddy, diez meses menor que yo, se dio un golpe en la cabeza, tan fuerte que incluso yo lo escuché. Pronto empezó a tener grandes dolores de cabeza, a sentir confusión y a articular mal las palabras. Las pruebas que le realizaron en el hospital no mostraron nada anormal, pero sus molestias continuaban. Un día, en la escuela, Willard acabó en la enfermería, porque no reconocía a nadie. La enfermera me dijo: “A ti te reconocerá. Y tu madre está de camino, para recogerlos a los dos”. Entonces se dio vuelta y apartó la cortina; vi a mi hermano tumbado en la camilla. ¡Me alegré tanto de verlo!

“Willard, tu hermana ha venido a verte”, dijo la enfermera. “¿Sabes quién es?” Mi hermano se rascó la cabeza y dijo: “¡No la he visto en mi vida!” Mi sonrisa se esfumó y se me revolvió el estómago. ¡Mi hermano no me reconocía! La enfermera, al verme afectada y que luchaba porque no se me saltaran las lágrimas, recogió las cosas de mi hermano y salimos adonde nos estaba esperando mi madre. Después de dejarme en casa, mamá llevó a mi hermano al hospital. A solas, recordé cómo él y yo montábamos en bicicleta por el vecindario, cómo patinábamos sobre hielo en el lago, o sobre ruedas, con los jóvenes de la iglesia; e incluso cómo nos peleábamos a veces. La conexión que tenía con mi hermano se había esfumado, quizá para siempre. Lloré y lloré. Un año después, la misteriosa confusión de Buddy desapareció y volvió a ser el mismo de siempre.

Cuando pienso en cómo Buddy me consideró una extraña aquel día, me doy cuenta de que todos hemos sido extraños para alguien en algún momento: en la tienda, en el parque, en el trabajo o en la iglesia. A veces, anhelamos que alguien nos dé la bienvenida a su círculo, que nos aprecie, que se preocupe por nosotras. Cuando no es así, puede resultar frustrante y doloroso, igual que como yo me sentí con Buddy aquel día en que no me reconoció.

¿No te alegras de que Jesús ¡interactuará con extraños? Se preocupó por la gente y demostró que el amor de Dios es para todos, incluso para los extraños. ¿No debemos nosotras hacer lo mismo? Recorramos la “milla extra”, no sea que, representando a Cristo de una manera incorrecta, nos convirtamos en extraños para él.

Iris L. Kitching

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Narrado por: Alba Charris
Lecturas Devocionales para Damas 2017
Vivir en su amor
Por: Ardis Stenbakken & Carolyn Rathbun Sutton
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