Domingo 16 de marzo
EL PAN DEL MENDIGO
Al acercarse a su partida de la Tierra, la preocupación de Cristo se concentró en sus discípulos, a quienes había servido abnegadamente y amado profundamente. No quedarían abandonados. Aunque Jesús mismo debía retornar al cielo, comisionó al Espíritu Santo para mantener la intimidad espiritual que los discípulos habían gozado con la presencia de Jesús. La instrucción de Cristo con respecto a la obra del Espíritu era tan valiosa que Juan dedicó varios capítulos a su conservación. Un elemento definitorio era el testimonio del Espíritu con respecto a Cristo, aun cuando el Espíritu no testificaría sin ayuda. Acompañados por el Espíritu, los discípulos testificarían del ministerio de Jesús. Dios podría haber comisionado a ángeles para proclamar el evangelio. En vez de eso, eligió designar a seres humanos, pecadores y descarriados, para esa sagrada vocación.
Lee Juan 1:40 al 46; 4:28 al 30; 15:26 y 27; y 19:35 y 36. ¿Qué nos enseñan estos textos acerca de las maneras en que lo humano y lo divino actúan juntos en la ganancia de almas?
La evangelización ha sido definida en lenguaje popular como “los mendigos les cuentan a otros mendigos dónde encontrar pan”. Andrés ciertamente se destaca aquí. Los escritos de su hermano Pedro formarían parte de la Escritura, y su ministerio fue registrado en Hechos; Cristo incluyó a Pedro entre sus tres asociados más íntimos. Estos honores nunca recayeron en Andrés. No obstante, él recibió un reconocimiento especial por seguir la sencilla instrucción de Cristo de llevar gente a Jesús.
¿Cuántos de los vasos elegidos por Dios –líderes en la evangelización, la administración y la conducción– fueron presentados a Cristo por fieles discípulos cuyas identidades, hablando humanamente, han sido olvidadas hace mucho? Aunque estas personas no fueron destacadas, piensa en cuánto habría sufrido la obra de Dios si ellos no hubieran testificado fielmente acerca de Jesús. Cristo preparó a sus discípulos para tareas mayores, ofreciéndoles primero labores sencillas, que estaban dentro de sus posibilidades. La mujer samaritana, Felipe y Andrés demuestran el poder de testimonios sencillos e invitaciones fervorosas. Todos somos llamados a hacer lo mismo.

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