Domingo 23 de junio
GRANDE ES JEHOVÁ
Lee Malaquías 1. ¿Qué problema está tratando el profeta? ¿Cómo podemos hoy ser tan culpables de la misma actitud que condujo a este reproche?
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Malaquías contrasta el amor de Dios por su pueblo con la actitud de los sacerdotes, a quienes acusa del pecado de desprecio del santo nombre de Dios. Cuando realizaban sus deberes en el Templo, estos descendientes de Aarón aceptaban animales cojos, ciegos y enfermos para los sacrificios a Dios.
De este modo, el pueblo fue descarriado hasta pensar que los sacrificios no eran importantes. No obstante, Dios había indicado a Aarón y a sus hijos, en el desierto, que los animales para los sacrificios debían ser físicamente perfectos, sin mancha (ver Levítico 1:1-3; 22:19).
El profeta, luego, enumera tres razones importantes por las que el pueblo de Dios debía honrar y respetar a Dios. Primera, Dios es el Padre de ellos. Así como un hijo debe honrar a sus padres, el pueblo debe respetar a su Padre celestial.
Segunda, Dios es su Amo y Señor. Así como los siervos obedecen a sus amos, el pueblo de Dios debía tratarlo del mismo modo. Tercera, Dios es un gran Rey, y un rey terrenal no aceptaría un animal enfermizo o defectuoso como regalo de uno de sus súbditos. Así, el profeta está preguntando por qué el pueblo presentaría tales animales al Rey de reyes, el que gobierna todo el mundo.
Por supuesto, sus acciones eran más ofensivas a la vista de Dios porque todos estos sacrificios señalaban a Jesús, el inmaculado Hijo de Dios (Juan 1:29; 1 Pedro 1:18, 19). Los animales debían ser sin mancha porque Jesús tenía que ser sin mancha para poder ser nuestro sacrificio perfecto.
“Para honra y gloria de Dios, su amado Hijo –el Garante, el Sustituto– fue entregado y descendió a las prisiones de la tumba. La tumba nueva lo encerró en sus rocosas cámaras. Si un solo pecado hubiera manchado su carácter, la piedra nunca habría sido quitada de la puerta de la rocosa cámara, y el mundo con su carga de culpabilidad hubiera perecido” (Manuscritos liberados, tomo 10, p. 385). ¿Sorprende, entonces, que los sacrificios que señalaban a Jesús debieran ser perfectos?

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