Domingo 26 de octubre
EL HOMBRE VESTIDO DE ORO
Lee Santiago 2:1 al 4. Este es un estudio de contrastes. Una persona es rica, bien vestida, importante; mientras que la otra es pobre, mal vestida, un “don nadie”. Uno recibe gran cortesía; el otro, solo desdén. A uno se le ofrece un asiento cómodo, destacado; al otro se le dice que se quede a un lado o encuentre un lugar en el piso.
La descripción no es muy bonita, especialmente si se la presenta ¡en un culto de adoración! La palabra griega para “congregación” o “asamblea”, en el versículo 2, es sunagogé, y es una referencia temprana a un culto de adoración judeocristiano; muchas veces, estos se celebraban en casas particulares (ver Hech. 18:7, 8).
En la cultura grecorromana del siglo I, la posición de una persona era muy importante. Se esperaba que quienes tenían riqueza, educación o influencia política usaran esas ventajas para fortalecer su reputación y beneficiar sus intereses personales. Cualquier regalo grande a proyectos públicos o religiosos obligaba a quien lo recibía a corresponder de algún modo al dador. La bondad se pagaba con lealtad; y la generosidad, con aprecio público. Las personas de clase alta que asistían a los cultos cristianos esperaban un tratamiento de privilegio. Ignorar esas expectativas habría traído “desgracia” a la iglesia. Dejar de ser “políticamente correcto” era una ofensa y causa de división.
Lee Marcos 2:16 y Lucas 11:43. ¿Qué expectativas de la sociedad están involucradas aquí? ¿De qué manera están en conflicto con los principios del evangelio?
No es un pecado ser pobre o ser rico, pero un barómetro de nuestra experiencia cristiana es la forma en que tratamos a las personas que son diferentes de nosotros tanto en riqueza como en edad, educación o convicciones religiosas. Tendemos a mostrar más respeto a quienes percibimos que están “sobre” nosotros en la escala social, y a respetar menos a quienes están por “debajo” de nosotros. Recordemos que es fácil seguir las convenciones sociales aun cuando Dios nos llama a ser diferentes (ver Rom. 12:2).
Afrontémoslo: podemos no ser tan severos acerca de esto como lo describe Santiago, pero ¿no somos llevados a tener favoritos? ¿De qué modo podemos aprender a reconocer este problema en nosotros y, finalmente, tratarlo?
http://escuelasabatica.es/

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