Jueves 7 de agosto
MORIR AL “YO” CADA DÍA
Paradójicamente, solo muriendo podemos vivir de verdad. Cuando nos bautizamos, morimos (idealmente) a nuestra vieja naturaleza y nos levantamos a una nueva vida. Sería maravilloso que nuestro viejo hombre de pecado muriese definitivamente al ser sepultados bajo las aguas bautismales. Tarde o temprano, sin embargo, todos descubrimos que nuestros hábitos y tendencias originales todavía están vivos y luchan por recuperar el control de nuestra vida. Después de nuestro bautismo, es necesario hacer morir la vieja naturaleza vez tras vez. Por eso, Jesús asoció la vida cristiana con una cruz.
¿Qué significa Lucas 9:23 y 24?
Muchos piensan que la cruz que tienen que llevar es una enfermedad seria, circunstancias desfavorables en la vida o una discapacidad permanente. Aunque cualquiera de estos problemas sin duda es una carga muy pesada, el significado de las palabras de Jesús va más allá. Llevar nuestra cruz significa negarnos a nosotros mismos diariamente. No de vez en cuando, sino cada día; no solo una parte de nuestro ser, sino todo.
La vida cristiana es una vida cruciforme. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gál. 2:20). En el mundo antiguo, las víctimas de la crucifixión no morían de inmediato. Normalmente, agonizaban durante muchas horas, a veces varios días, mientras colgaban de la cruz. Nuestra vieja naturaleza, aunque crucificada, lucha por sobrevivir y bajarse de la cruz.
No es fácil negarnos a nosotros mismos. Nuestra vieja naturaleza se resiste a morir. Más aún, ni siquiera podemos clavarnos a nosotros mismos a la cruz. “Ningún hombre puede despojarse del yo por sí mismo. Solo podemos consentir en que Cristo haga esta obra. Entonces, el lenguaje del alma será: Señor, toma mi corazón; porque yo no puedo dártelo. Es tuyo, mantenlo puro, porque yo no puedo mantenerlo por ti. Sálvame a pesar de mi yo, mi yo débil y desemejante a Cristo. Modélame, fórmame, elévame a una atmósfera pura y santa, donde la rica corriente de tu amor pueda fluir por mi alma.
“No solo al comienzo de la vida cristiana ha de hacerse esta renuncia al yo. Ha de renovársela a cada paso que se dé hacia el cielo. […] Únicamente podemos caminar con seguridad mediante una constante renuncia al yo y dependencia de Cristo” (PVGM 123, 124).
¿Cuándo fue la última vez que moriste al yo? ¿Qué te dice tu respuesta, especialmente a la luz de los textos de hoy?
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