Jueves 8 de mayo
LA MALDICIÓN DE LA LEY (Gál. 3:10-14)
¿Qué nos enseñan los siguientes textos acerca de la naturaleza humana? ¿Cómo vemos la realidad de esta verdad cada día? Sal. 51:5; Isa. 64:6; Rom. 3:23.
Con la excepción de Cristo, todos los seres humanos tenemos una experiencia en común: hemos sido infectados por el pecado de Adán. En consecuencia, ninguna persona natural puede alguna vez pretender ser completamente justa. Hay algunos, como Elías y Enoc, que vivieron excepcionalmente cerca de Dios, pero ninguno ha sido capaz de vivir completamente sin mancha. De hecho, recordando esta realidad, Pablo declara: “Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gál. 3:10). La verdad es que la Ley demanda una conformidad total y completa, y ¿quién ha cumplido eso alguna vez, fuera de Jesús?
¿De qué modo Romanos 6:23 ayuda a definir lo que significa “la maldición de la ley”? Ver también Gén. 2:17; Eze. 18:4.
Todos estamos bajo la maldición de la Ley. Por cuanto la Ley no tiene margen de error, es imposible que una persona corrija un pecado pasado. En consecuencia, la muerte es el destino de la persona. Santiago pinta un cuadro sombrío al recordarnos que la transgresión en un área de la Ley es tan mala como la transgresión en todas las áreas (Sant. 2:10). La paga del pecado es muerte, y la muerte no tiene proporciones.
Cuando reconocemos la condición desesperada de quienes estamos bajo la maldición, es más fácil apreciar la extensión del amor de Dios: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8). Por medio de su muerte, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gál. 3:13).
Piensa en lo que dijo Pablo: “Todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición”. Esto se debe a que la Ley no puede salvarnos; y así, somos maldecidos con la muerte. ¿De qué forma el reconocer esta verdad nos ayuda a apreciar mejor lo que se nos ha dado en Jesús? ¿De qué maneras manifestamos ese aprecio en nuestra vida? Ver 1 Juan 5:3.

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