Miércoles 17 de julio
EL REAVIVAMIENTO, LA FE Y LA PALABRA
Hablando del tiempo inmediato antes de su venida, Jesús dijo: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Luc. 18:8). Evidentemente, la fe será escasa en los últimos días.
¿Cómo podríamos definir la fe bíblica? ¿Es la fe creer que Dios nos dará todo lo que queremos? ¿Está la fe centrada en nuestros deseos? ¿Es fe pedir a Dios lo que queremos y creer que lo recibiremos solo si lo creemos lo suficiente?
Deberíamos saber las respuestas a estas preguntas retóricas, ¿verdad?
La fe, la fe verdadera, siempre está centrada en la voluntad de Dios, no en nuestros deseos. Es confiar en Dios, creer en sus promesas y actuar sobre la base de su Palabra. Nuestra fe crece al escuchar la Palabra de Dios y al ponerla en práctica (Rom. 10:17; Sant. 2:17, 18). Abrir nuestras mentes a las enseñanzas de la Palabra de Dios edifica la fe; y hacer lo que Dios dice –aun si es contrario a nuestros deseos personales– nos prepara para recibir la plenitud del poder del Espíritu.
¿Por qué algunas personas reciben poco beneficio al leer la Biblia? Heb. 4:1, 2.
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Nuestra experiencia espiritual revive cuando aceptamos la Palabra de Dios y la reclamamos por la fe. Se recibe poco beneficio al leer apresuradamente la Biblia por un sentido de obligación o deber. Somos transformados al interiorizar lo que leemos, y al permitir que las enseñanzas de la Biblia moldeen nuestros pensamientos y nuestras vidas.
Compara la fe del centurión romano, del paralítico en Betesda y de los discípulos en el tormentoso Mar de Galilea (Mat. 8:8-10; Juan 5:6-9; Mat. 14:29-33). ¿Qué podemos aprender de cada uno de estos informes?
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La fe no solo crece al leer meramente la Palabra de Dios o al oírla. Viene al reclamar sus promesas como nuestras y cuando creemos que lo que él dijo se aplica a nosotros personalmente. Dios ha dado a cada uno una medida de fe. Es uno de los dones del Cielo (Rom. 12:3). Cuando ejercemos la fe que ya está en nuestros corazones, no puede hacer nada más que crecer.

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