Miércoles 26 de febrero
EL DÍA DEL JUICIO
Lee Mateo 26:57 al 68 y 27:11 al 14; Lucas 23:1 al 12; y Juan18:19 al 23, 31 al 40 y 19:8 al 12. ¿Qué podemos aprender del testimonio de Jesús a estos hombres poderosos?
En estas escenas finales de la jornada terrenal de Jesús, los seguidores de Cristo vislumbraron el doloroso precio de una fidelidad resuelta. Desde su arresto hasta su crucifixión, Cristo dio testimonio delante de los hombres más poderosos de su país: monarcas, gobernadores, sacerdotes. Él estudiaba, uno tras otro, a los que estaban ebrios de la autoridad mundana. Aparentemente, ellos lo controlaban a él. Los soldados arrastraron a Jesús entre las salas de ellos, los concilios de ellos, los palacios de ellos y los tribunales de ellos sin percibir que, en última instancia, el mundo es de él. Cualquiera que fuera la sentencia que ellos pronunciaran contra Cristo, esta era, en última instancia, el juicio que ellos pronunciaban contra sí mismos.
Mientras que Cristo testificaba para hacer discípulos, a veces el resultado era diferente de lo que él hubiera deseado. ¡Cómo se habría regocijado si Pilato, Caifás, Herodes y otros le hubiesen entregado sus corazones a él y se hubiesen arrepentido! Sin embargo, rehusaron obstinadamente ceder a las súplicas y dejaron de lado su invitación a la salvación
Del mismo modo, los seguidores de Cristo del siglo XXI tendríamos que reconocer que, mientras que testificamos para hacer discípulos, el resultado a menudo difiere del que quisiéramos y por el que oramos. Los esfuerzos no siempre tienen un éxito mensurable. Esto no debería desanimarnos ni tampoco inhibir posteriores testificaciones. El discípulo genuino es, como Jesús mismo, fiel hasta la muerte, no fiel hasta el chasco. Se celebra el trigo, se lamenta la cizaña, y la cosecha continúa. A pesar de la testificación de Cristo aparentemente sin éxito delante de estos hombres poderosos, sucedió algo maravilloso, porque, según Hechos 6:7, no solo el número de los discípulos se multiplicó, sino “también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe”. Solamente Dios sabe cuántos de esos sacerdotes estuvieron escuchando y viendo a Jesús en sus horas finales.

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