folleto segundoPLANTAN MUCHO, COSECHAN POCO

Lee Hageo 1:1 al 11. ¿Qué sucedía aquí y, más importante, por qué sucedía eso? Aún más importante, ¿cómo podría el mismo principio es­tarse aplicando hoy nosotros? ¿Cómo podríamos ser culpables de hacer lo mismo?

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“Durante más de un año quedó descuidado y casi abandonado el trabajo del Templo. La gente habitaba en sus casas, y se esforzaba por alcanzar prosperidad temporal; pero su situación era deplorable. Por mucho que trabajase, no pros­peraba. Los mismos elementos de la naturaleza parecían conspirar contra ella. Debido a que había dejado el Templo asolado, el Señor mandó una sequía que marchitaba sus bienes. Dios les había concedido los frutos del campo y de la huerta, el cereal, el vino y el aceite, como pruebas de su favor; pero, en vista de que habían usado egoístamente estos dones de su bondad, les fueron quitadas las bendiciones” (Profetas y reyes, pp. 419, 420).

Hageo confrontó a la gente con su situación actual. La inutilidad del trabajo era una de las maldiciones que resultaron de quebrantar el pacto de Dios (Lev. 26:16, 20). Hasta que el pueblo volviera su atención a esta prioridad, no habría prosperidad para ellos.

Hageo poseía gran celo por el Templo del Señor y quería que la gente com­pletara su reconstrucción de inmediato. Su deseo iba en contra de la compla­cencia de quienes no se interesaban por el Templo tanto como se interesaban en su propia comodidad. La gran preocupación de Hageo era el Templo, la de la gente era sus propias casas.

Dios usó a Hageo para sacudir los corazones de la gente hacia las preocupa­ciones de Dios. Él no podía ser honrado mientras su casa estuviera en ruinas. El Templo en Jerusalén simbolizaba la presencia divina entre la humanidad. Era un recordativo visible a todo el mundo de que el Señor soberano es Dios del cielo y de la Tierra. ¿Cómo podía Israel testificar del verdadero Dios cuando el símbolo de ese Dios (ver Juan 2:19; Mat. 26:61) y de todo el plan de salvación estaba en ruinas? Esta actitud hacia el Templo revelaba un problema más profundo: la pérdida del sentido de su misión divina como pueblo remanente de Dios.

¿Ves alguna advertencia aquí para nosotros?

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