Notas de Elena - Libro - Segundo trimestre 2013 - Escuela Sabática

Notas de Elena – Libro – Segundo trimestre 2013 – Escuela Sabática

Domingo 5 de mayo:

El profeta desobediente (Jonás 1)

Entre las ciudades del mundo antiguo, mientras Israel estaba divi­dido, una de las mayores era Nínive, capital del reino asirio. Fundada en la orilla fértil del Tigris, poco después de la dispersión iniciada en la torre de Babel, había florecido a través de los siglos, hasta llegar a ser “ciudad sobremanera grande, de tres días de camino” (Jonás 3:3).

En el tiempo de su prosperidad temporal Nínive era un centro de crímenes e impiedad. La inspiración la ha caracterizado como “ciudad de sangres… llena de mentira y de rapiña” (Nahúm 3:1). En lenguaje figurativo, el profeta Nahúm comparó a los ninivitas con un león cruel y devorador, al que preguntó: “¿Sobre quién no pasó continuamente tu malicia?” (versículo 19).

A pesar de lo impía que Nínive había llegado a ser, no estaba completamente entregada al mal. El que “vio a todos los hijos de los hombres” (Salmo 33:13) y cuyos “ojos vieron todo lo preciado” (Job 28:10) percibió que en aquella ciudad muchos procuraban algo mejor y superior, y que si se les concedía oportunidad de conocer al Dios viviente, renunciarían a sus malas acciones y le adorarían. De manera que en su sabiduría Dios se les reveló en forma inequívoca, para indu­cirlos, si era posible, a arrepentirse.

El instrumento escogido para esta obra fue el profeta Jonás, hijo de Amitai. El Señor le dijo: “Levántate, y ve a Nínive, ciudad grande, y pregona contra ella; porque su maldad ha subido delante de mí” (Jonás 1:1, 2).

Mientras el profeta pensaba en las dificultades e imposibilidades aparentes de lo que se le había encargado, se sintió tentado a poner en duda la prudencia del llamamiento. Desde un punto de vista humano, parecía que nada pudiera ganarse proclamando un mensaje tal en aquella ciudad orgullosa. Se olvidó por el momento de que el Dios a quien servía era omnisciente y omnipotente. Mientras vacilaba y seguía dudando, Satanás le abrumó de desaliento. El profeta fue dominado por un gran temor, y “se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis”. Fue a Joppe, encontró allí un barco a punto de zarpar y “pagando su pasaje entró en él, para irse con ellos” (versículo 3). (Profetas y reyes, pp. 198, 199).

Si abrigáramos habitualmente la idea de que Dios ve y oye todo lo que hacemos y decimos, y que conserva un fiel registro de nuestras palabras y acciones, a las que deberemos hacer frente en el día final, temeríamos pecar. Recuerden siempre los jóvenes que dondequiera que estén, y no importa lo que hagan, están en la presencia de Dios. Ninguna parte de nuestra conducta escapa a su observación. No podemos esconder nuestros caminos al Altísimo. Las leyes humanas, aunque algunas veces son severas, a menudo se violan sin que tal cosa se descubra; y por lo tanto, las transgresiones quedan sin castigo. Pero no sucede así con la ley de Dios. La más profunda medianoche no es cortina para el culpable. Puede creer que está solo; pero para cada acto hay un testigo invisible. Los motivos mismos del corazón están abiertos a la divina inspección. Todo acto, toda palabra, todo pensamiento están tan exactamente anotados como si hubiera una sola persona en todo el mundo, y como si la atención del Cielo estuviera concentrada sobre ella (Patriarcas y profetas, p. 217).

En la actualidad, el mundo cristiano está más inclinado a aceptar los engaños satánicos que las palabras de Dios. Muchos se han separado de Dios por sus malas obras, y no desean contemplarlo, ni amarlo ni conocerlo. Como Adán, no quieren verlo, sino que tratan de esconderse de él cuando ven que su Padre celestial los busca. Pero no sigamos el ejemplo de Adán, porque nadie en la familia humana puede esconderse de Dios. Se puede dar la espalda a Dios para no verlo, pero no se puede encontrar un lugar donde Dios no nos vea, porque para él la oscuridad es como la luz, y no hay cosa secreta en su presencia (Signs of the Times, 3 de octubre, 1895).

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