NOTAS DE ELENA 2013Domingo 6 de enero:
Desordenada y vacía
La obra de Dios en la naturaleza, no es Dios mismo en la natura-leza. Las cosas de la naturaleza son una expresión del carácter de Dios; por ellas podemos comprender su amor, su poder y su gloria; pero no hemos de considerar a la naturaleza como Dios. La habili-dad artística de los seres humanos produce obras muy hermosas, co-sas que deleitan el ojo, y estas cosas nos dan cierta idea del que las diseñó; pero la cosa hecha no es el hombre. No es la obra, sino el artí-fice el que debe ser tenido por digno de honra. De igual manera, aunque la naturaleza es una expresión del pensamiento de Dios, ella no es lo que debe ser ensalzado, sino el Dios de la naturaleza (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 262).
¡Oh, cuán poco puede comprender el hombre la perfección de Dios y su omnipresencia unida con su poder infinito! El artista humano recibe su inteligencia de Dios, y éste solo puede dar forma a su obra en cualquier ramo, hasta la perfección, utilizando los mate-riales ya preparados para su obra. Debido a su poder finito él no puede crear los materiales y hacerlos servir a su propósito, si el gran Diseñador celestial no se hubiera anticipado dándole las ideas que aparecieron por primera vez en su imaginación.
El Señor ordena que las cosas vengan a la existencia. Él fue el primer diseñador. No depende del hombre, sino que bondadosa-mente pide la atención de éste, y coopera con él en diseños progresi-vos y más elevados. Pero luego el hombre se atribuye a sí mismo to-da la gloria, y es exaltado por sus semejantes como un genio muy notable. No mira más arriba que el hombre. La causa primera y úni-ca es olvidada…
Temo que tengamos ideas completamente pobres y comunes. “He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener” (2 Crónicas 6: 18). Que nadie se aventure a limitar el poder del Santo de Israel. Existen conjeturas y preguntas con respecto a la obra de Dios. “Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es” (Éxodo 3:5). Sí, los ángeles son ministros de Dios sobre la tierra, que hacen su voluntad.
En la formación de nuestro mundo, Dios no dependió de ninguna materia o sustancia preexistente. “Lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Hebreos 11:3). Por el contrario, todas las cosas, materia-les o espirituales, aparecieron delante del Señor Jehová a su voz, y fueron creadas por su propio propósito. Los cielos y toda la hueste de ellos, la tierra y todas las cosas que hay en ella, son no solamente la obra de sus manos, sino que vinieron a la existencia por el aliento de su boca.
El Señor ha dado evidencias de que por su poder podría en un momento, disolver toda la estructura de la naturaleza. Puede tras-tornar todos los objetos, y destruir las cosas que el hombre ha for-mado de la manera más firme y sustancial. Él “arranca los montes… y no saben quién los trastornó; el remueve la tierra de su lugar, y hace temblar sus columnas” (Job 9:5, 6). “Las columnas del cielo tiemblan, y se espantan a su reprensión” (Job 26:11). “Los montes tiemblan delante de él, y los collados se derriten” (Nahúm 1:5) (Men-sajes selectos, tomo 3, pp. 356, 357).

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