FOLLETO NOTAS DE ELENA - TERCER TRIMESTRE 2013Domingo 11 de agosto: Responder a la oración de Cristo por la unidad

Solamente en la medida en que estuvieran unidos con Cristo, podían esperar los discípulos que los acompañara el poder del Espíritu Santo y la cooperación de los ángeles del cielo. Con la ayuda de estos agentes divinos, podrían presentar ante el mundo un frente unido, y obtener la victoria en la lucha que estaban obligados a sostener incesantemente contra las potestades de las tinieblas. Mientras continuaran trabajando unidos, los mensajeros celestiales irían delante de ellos abriendo el camino; los corazones serían preparados para la recepción de la verdad y muchos serían ganados para Cristo. Mientras permanecieran unidos, la iglesia avanzaría “hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden” (Cantares 6:10).

Nada podría detener su progreso. Avanzando de victoria en victoria, cumpliría gloriosamente su divina misión de proclamar el evangelio al mundo (Los hechos de los apóstoles, p. 74, 75).

La oración de Cristo no es solo en favor de los que en ese momento son sus discípulos, sino de todos los que crean en Jesús por medio de la palabra de sus discípulos, hasta el fin del mundo. Jesús estaba por entregar su vida para sacar a la luz la vida y la inmortalidad. Cristo, en medio de sus sufrimientos y del rechazo de que es objeto todos los días por parte de los hombres, observa a través de dos mil años a su iglesia que existirá en los días finales, antes del fin de la historia de la tierra.

El Señor ha tenido una iglesia desde ese día, a través de todos los cambios de escena producidos por el tiempo hasta el período presente (cita de 1893). La Biblia presenta delante de nosotros una iglesia modelo. Sus miembros deben estar unidos los unos con los otros, y en unidad con Dios. Cuando los creyentes están unidos con Cristo, la vid viviente, el resultado es que son uno en Cristo, y están llenos de simpatía, ternura y amor (Mensajes selectos, t. 3, p. 18,19).

Dios es uno con el Padre, pero Dios y Cristo son dos personas distintas. Lean la oración de Cristo, registrada en el capítulo 17 de Juan, y encontrarán este punto claramente presentado.

Cuán fervorosamente oró el Salvador para que sus discípulos pudieran ser uno con él así como él era uno con el Padre. Pero la unidad que existe entre Cristo y sus seguidores no destruye la personalidad de uno ni de los otros. Ellos deben ser uno con él y él es uno con el Padre. Mediante esta unidad deben expresar claramente al mundo que Dios envió a su Hijo para salvar a los pecadores. La unidad de los seguidores de Cristo con él, debe ser la prueba grande e inequívoca de que Dios ciertamente envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores. Pero una religión débil y vacilante deja al mundo confuso y desorientado (Alza tus ojos, p. 151).

La gloria de Dios es su carácter santo, y Cristo oró para que esa misma gloria les sea dada a sus seguidores aquí en la tierra.

Escuchemos la petición que él le hace al Padre en favor de ellos (se cita S. Juan 17: 17-26).

Este pedido de Cristo no tiene límite de tiempo para su cumplimiento.

Él desea que sus seguidores revelen al mundo su espíritu de unidad y amor. Pero antes de que exista esa unidad entre ellos, debe ocurrir una genuina renovación del corazón por una vital conexión con Dios, a fin de que el carácter sea transformado a su divina similitud.

Aunque cada uno es responsable por la parte que le toca actuar, nadie “vive para sí”. Dios desea que la unidad de su pueblo impresione al mundo pecador, e incluso que revele a las inteligencias celestiales que Cristo no ha muerto en vano. “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia” (1 Pedro 1: 9,10). El principio santo y puro del amor distingue a los cristianos de los mundanos.

Al separarnos del mundo, llegamos a ser representantes de la bondad, el amor y la misericordia de Dios; nos transformamos en un espectáculo para el mundo,, para los ángeles y para los hombres (Review and Herald, 3 de noviembre de 1896).

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