Domingo 11 de noviembre:

La necesidad de armarnos personalmente

La obtención de la vida eterna siempre implicará una lucha, un conflicto. Debemos ser hallados peleando continuamente la buena bata­lla de la fe. Somos soldados de Cristo y aquellos que se alistan en su ejército deben esperar hacer una obra difícil, la cual exigirá sus energías hasta lo sumo. Debemos comprender que la vida de un soldado es de lucha agresiva, de perseverancia y paciencia. Por causa de Cristo hemos de soportar pruebas.

Las victorias no se ganan por las ceremonias o la ostentación, sino por la sencilla obediencia al más alto General, el Señor Dios de los cie­los. Quien confía en ese Guía nunca conocerá la derrota. La obediencia a Dios es libertad de la servidumbre del pecado, liberación del impulso y la pasión humanos. El hombre puede así permanecer vencedor de sí mismo (En lugares celestiales, p. 259).

Cada cristiano debe tomar su lugar en la guerra contra el pecado. Los enemigos de Dios tratan de aplastar su ley porque reprueba sus pecados. Un libertino dijo en una ocasión que desearía que todas las evidencias de la verdad fueran destruidas porque son tan convincentes que no pueden ser controvertidas. Por eso muchos declaran: ¡Olvídense de la ley de Dios! Es la misma razón por la que los judíos condenaban a Jesús y gritaban: ¡Crucifícale! La Palabra de Dios reprueba la iniquidad y su ley condena al transgresor. Por eso, la sola mención de los manda­mientos de Dios despierta los malos atributos del que peca a sabiendas contra Dios.

El gran conflicto que ahora se riñe no es meramente una contienda de hombre contra hombre. De un lado se halla el Príncipe de la vida, actuando como el sustituto y garantía del hombre; del otro, el príncipe de las tinieblas, con los ángeles caídos bajo sus órdenes. “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes, Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (Efesios 6:12, 13).

Habrá un serio conflicto entre los que son leales a Dios y los que se burlan de su ley. La iglesia ha unido sus manos con las del mundo. La reverencia hacia la ley de Dios ha sido trastornada. Los dirigentes religiosos están enseñando como doctrina los mandamientos de los hombres. Como era en los días de Noé, así es en esta época. Pero la difusión de la deslealtad y la transgresión, ¿hará que los que respetan la ley de Dios la respeten menos y se unan con los poderes mundanos que procuran invalidarla? Los que son verdaderamente leales no serán arrastrados por la corriente del mal. No arrojarán burla y desprecio sobre lo que Dios ha apartado como santo. Cada uno es sometido a prueba. Hay solamente dos lados. ¿En cuál de ellos estáis vosotros? (Review and Herald, 6 de febrero, 1900; parcialmente en: A fin de cono­cerle, p. 213).

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