folleto segundoDomingo 16 de junio

“EL MANTO DE UN JUDÍO”

Comenzando con el capítulo 8, el libro de Zacarías da un giro radical. Una serie de mensajes enviados por Dios cuenta el futuro del mundo y el papel del pueblo de Dios en él. Algunos de los pasajes de estos capítulos no son fáciles de comprender, pero el futuro final es claramente positivo.

Lee Zacarías 8. ¿Qué principios puedes aprender de allí que es relevante para nosotros, como adventistas, y el llamado de Dios que recibimos?

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El plan de Dios era que Jerusalén volviera a ser un lugar seguro, en el que los ancianos podrían sentarse en las calles llenas de niños juguetones (Zacarías 8:4, 5). Para los que habitaban en una ciudad arrasada por conquistadores, la promesa de calles seguras para jóvenes y ancianos sonaba como un sueño.

En lugar de permanecer para siempre como una pequeña nación subordinada, el pueblo de Dios debía ser un imán al cual las naciones se acercaran para adorar al Señor, el Rey de toda la tierra (Zacarías 14:9). El uso de la expresión “de toda lengua”, en Zacarías 8:23, indica que la profecía preveía un movimiento universal.

Como Isaías (Isaías 2) y Miqueas, contemporáneo de Isaías (Miqueas 4), Dios le mostró a Zacarías que vendría el día cuando una multitud de personas de muchas ciudades y naciones subiría a Jerusalén a orar y buscar al Señor.

La presencia de Dios en Sion se reconocería en general, como lo serían las bendiciones que vendrían sobre quienes lo adoraban.

Los informes de los evangelios cuentan que las promesas mesiánicas comenzaron a cumplirse por medio del ministerio de Jesucristo. En una ocasión, por ejemplo, Jesús dijo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:32).

La iglesia de Cristo, también llamada “el Israel de Dios” (Gálatas 6:16), posee el privilegio, en nuestro tiempo, de tener una parte en esa misión. Hemos de llevar la luz de la salvación a los confines de la Tierra. De ese modo, el pueblo de Dios puede ser una gran bendición para el mundo.

 Lee especialmente Zacarías 8:16 y 17. En momentos en que nuestra iglesia está buscando un reavivamiento y una reforma, ¿cómo podemos aprender a evitar las cosas que Dios dice que aborrece?

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