«Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:13).

 El cuerpo está compuesto de unos cien mil millones de células: óseas, musculares, sanguíneas, nerviosas, etcétera. Todos estos tipos de células se renuevan constantemente, a excepción de las neuronas, que forman los nervios y el cerebro. Sin embargo, parece como si el cuerpo conociera cada una de ellas por su nombre. El cuerpo reconoce inmediatamente cada célula, como propia o extraña, tanto si es una neurona como una célula sanguínea recién creada.

Cuando una célula, o un grupo de ellas, procede del exterior, como en el caso de un corazón trasplantado; a pesar de que, en todos los aspectos sea idéntico a las del propio corazón original; y a pesar de que el nuevo corazón late al ritmo correcto, el cuerpo rechaza las células importadas y se moviliza para destruirlas.

Aunque cada una de los cien mil millones de células del cuerpo es, en cierto sentido, un organismo vivo separado, de hecho, su existencia continuada depende totalmente de las relaciones que mantienen las unas con las otras y todas con el cuerpo entero.

El secreto de su unidad es una molécula en forma de escalera llamada ADN.

El ADN se replica a sí mismo, de manera que cada nueva célula dispone de una copia exacta e idéntica. Aunque, con el tiempo, las células se especializan, cada una de ellas atesora un libro de instrucciones compuesto por cien mil genes. Todas poseen un código genético completo, por lo que bastaría con la información almacenada en una sola célula para reconstruir el cuerpo entero.

Hay otro cuerpo que no es físico, sino espiritual. Es la iglesia. Así como el cuerpo físico es uno, Jesús oró para que la iglesia fuera una. «Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado» (Juan 17:22,23).

Esta unidad nos alcanza en la medida en que permitimos al Espíritu Santo que nos selle con lo que podríamos llamar el ADN espiritual. Entonces, con Cristo como cabeza, somos uno. Siendo uno en Cristo, trabajaremos para su gloria y por el bien de los demás. Basado en Juan 16:7-11.

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