Domingo 16 de diciembre:
El Santuario Celestial: Parte 1

Todos los que han  recibido  la  luz  sobre  estos  asuntos  deben dar testimonio de las grandes verdades que Dios les ha confiado. El Santuario en el cielo es el centro mismo de la obra de Cristo en favor de los hombres. Concierne a toda alma que vive en la tierra. Nos revela el plan de la redención; nos conduce hasta el fin mismo del tiempo y anuncia el triunfo final en la lucha entre la justicia y el pecado. Es de la mayor importancia que todos investiguen  a fondo estos asuntos y que estén siempre listos para dar respuesta a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ellos.

La intercesión de Cristo por el hombre en el Santuario Celestial es tan esencial para el plan de la salvación como lo fue su muerte en la cruz. Con su muerte dio principio a aquella obra para cuya conclusión ascendió al cielo después de su resurrección. Por la fe debemos entrar velo adentro, “donde Jesús entró por nosotros como precursor” (Hebreos 6:20). Allí se refleja la luz de la cruz del Calvario; y  allí podemos obtener una comprensión más clara de  los misterios de la redención. La salvación del hombre se cumple a un precio infinito para el Cielo; el sacrificio hecho corresponde a las más amplias exigencias de la ley de Dios quebrantada. Jesús abrió el camino que lleva al trono del Padre, y por su mediación pueden ser presentados ante Dios  los deseos sinceros de todos los que a él se allegan con fe…

Estamos  viviendo  ahora  en el gran día de la expiación. Cuando en el ritual simbólico el sumo sacerdote realizaba la propiciación por Israel, todos debían afligir sus almas, arrepentirse de sus pecados y humillarse ante el Señor, si no querían verse separados del pueblo. De la misma manera, todos los que desean que sus nombres se mantengan en el libro de la vida, deben ahora, en los pocos días que les quedan de este tiempo de gracia, afligir sus almas ante Dios con verdadero arrepentimiento y dolor por sus pecados. Hay que escudriñar honda y sinceramente el corazón. Hay que deponer el espíritu liviano y frívolo al que se entregan tantos cristianos profesos. Empeñada  lucha espera a todos los que quieran subyugar las malas inclinaciones que tratan de dominarlos. La obra de preparación es individual. No nos salvamos en grupos. La pureza y la devoción de uno no suplirá la falta de estas cualidades en otro. Si bien todas las naciones deben pasar en juicio ante Dios, él examinará el caso de cada individuo de un modo tan rígido y minucioso como si no hubiese otro ser en la tierra. Cada cual tiene que ser probado y encontrado sin mancha, ni arruga, ni cosa semejante (Cristo es su santuario, pp. 136-138).

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