SI EL HIJO LOS HACE LIBRE, USTEDES SERÁN VERDADERAMENTE LIBRES. (Juan a 8: 36)

Peter tendría apenas unos 18 años cuando decidió ser misionero en la China. Cuando el diácono pasó cerca de él con el platillo para las ofrendas, Peter no solo vació sus bolsillos; también colocó en el platillo un sobre en el que había escrito: «Entrego mi vida».

Y así fue: Peter entregó su vida a Dios. Durante unos veinte años, Peter Torjesen trabajó como misionero en la China hasta el día en que murió, el 14 de diciembre de 1939, víctima de una bomba japonesa. Poco después de su muerte, su esposa e hijos fueron apresados y confinados a un campo de concentración, junto a otros misioneros.
En ese lugar de confinamiento, una de sus hijas, llamada Kari con frecuencia se reunía con varias amigas para orar. Al principio, Kari disfrutó de esos momentos de oración, pero con el paso del tiempo sintió que no la llenaban. En lugar de orar porque se hiciera la voluntad de Dios, las jovencitas del grupo solo pensaban en obtener su libertad.
Fue así como Kari comenzó a orar por su cuenta. Un día se encontró con una de sus amigas. De inmediato, la amiga la atacó por haber abandonado el grupo de oración:
« ¿Así que ya no somos lo suficientemente buenas para ser tus amigas? Claro, lo que pasa es que ahora eres más santa que nosotras», le dijo.
Kari no respondió una sola palabra, pero cuenta que en ese momento se sintió muy sola. Ya había perdido a su padre. Y ahora también perdía a sus amigas. Fue entonces cuando, en su momento de mayor soledad, elevó la oración que cambiaría su vida para siempre: «Señor», oró, «estoy dispuesta a permanecer en esta prisión por el resto de mi vida, si es eso lo que tú deseas, y si ese es el medio para que yo te conozca».
¿Qué la ayudó a tomar esa decisión? «Gradualmente descubrí —escribió ella años después— que había solo una cosa que el enemigo no me podía quitar. Es verdad, habían matado a mi padre y bombardeado nuestra casa. Habían arrojado en prisión a mi familia. Pero no habían podido arrancar a Dios de mi corazón» (Ruth Tucker, Sacred Stories [Relatos sagrados], p. 29).

Cristo en el corazón: No hay un tesoro mayor. Un tesoro que nada ni nadie nos puede arrebatar.

CRISTO BENDITO, TE RUEGO QUE EN ESTE MOMENTO OCUPES EL TRONO DE MI CORAZÓN.

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