mujerPor este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. (1 Samuel 1:27)

«Nicole cumple quince años mañana», exclamaba yo el día antes de su cumpleaños, recordando cómo la había recibido en medio de una mezcla de emociones indescriptibles: «¿Seré una buena mamá? ¿Estaré preparada para esta tarea?». Dios es tan sabio que los nueve meses de embarazo te ayudan a prepararte. «¿Qué nombre le pondrás? Alista su ropita»… Mi caso era diferente: no podía quedarme embarazada. La bebé que el Señor me daría iba a recibirla gracias a mi hermano. Él y su esposa iban a compartir su hija conmigo. Yo no salía de mi asombro respecto a aquella decisión. Nunca les había pedido algo semejante a ellos. Incluso le dije a mi hermano: «Los hijos no se dan». A lo que él me contestó: «A alguien como tú, sí se le dan». Así, de pronto, me veía con una criaturita de dieciocho meses en mis brazos y ya era mamá. Siempre había soñado con una niña como Nicole.

He sido muy bendecida por ese regalo y no me canso de dar gracias a Dios cada mañana y cada noche. Dios la creó para mí, es una lucecita en mi vida. Ella no nació de mi vientre, pero nació de mi corazón. En cuanto recibí a Nicole busqué una iglesia adventista, la iglesia que yo conocí de pequeña y de la cual me había alejado. Quería que mi hija creciera conociendo el gran amor de Dios. Fue mi hijita quien me llevó de nuevo a Jesús y a la iglesia.

Cuando Nicole tenía tres años viajamos a Hawai. En el avión, al ver las nubes, ella me dijo: «Mami, mira el cielo». Le contesté que en el cielo es donde Jesús vive con los ángeles. Contrariada, volvió su cabecita hacia mí, tomando mi mano la puso sobre su pecho diciendo: «Mami, Jesús no vive en el cielo. Siente, él vive aquí en mi corazón». Sonreí, y le di gracias a Dios, porque el amor de Jesús se había arraigado en la vida de mi hija.

Querida hermana, tratemos de sembrar esa hermosa semilla en los corazones de nuestros hijos y de nuestros familiares, para que al fin cosechemos una recompensa de gloria eterna.

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