Domingo 25 de noviembre

EL NOMBRE DE LOS RITOS SAGRADOS

Durante las primeras etapas de la iglesia cristiana, los creyentes de la iglesia cristiana de oriente, donde el griego era el idioma común, utilizaban la palabra mystérion (misterio) para describir los ritos sagrados cristianos. En el occidente, donde predominaba el latín, empleaban sacramentum, “sacramento”. Un sacra-mentum era el juramento de un soldado romano, en el que declaraba su obe­diencia a las órdenes del comandante. Quienes usaban esta palabra sentían que describía con exactitud la naturaleza de los ritos sagrados. Con el tiempo, la idea vino a representar un acto con un poder interior invisible. La iglesia de la Edad Media identificó siete actos, llamados “sacramentos”, que se consideraban medios de infundir gracia al alma de una persona.

Durante la Reforma, se analizaron y criticaron los sacramentos. Para mu­chos, el término sacramento estaba contaminado. Sintieron que se necesitaba una palabra diferente, y usaron ordenanza. Esta palabra viene del verbo “or­denar”, que hacía de la ordenanza un acto especial que Cristo había instituido u ordenado. El preferir ordenanza en vez de sacramento implica que uno participa de esos actos porque están divinamente ordenados, y para mostrar la lealtad y la obediencia a Jesús como Señor. Los adventistas consideramos el bautismo, el lavamiento de los pies y la Cena del Señor como ordenanzas, actos que revelan nuestra lealtad a Cristo. Son formas simbólicas de expresar nuestra fe.

Lee Mateo 28:19 y 20; Juan 13:34; y 1 Corintios 11:23 al 26. ¿Hasta qué punto estos pasajes sostienen la idea de que los actos sagrados deberían describirse como “ordenanzas”?

Aunque les demos importancia a las “ordenanzas”, siempre debemos re­cordar que ellas no son actos para ganar la salvación u obtener méritos ante Dios. El pecado y sus consecuencias son demasiado serios para que podamos ser redimidos por ritos, aun los instituidos por Cristo. Solo la muerte de Jesús en la cruz fue suficiente para lograr nuestra salvación. Entendemos que las orde­nanzas son símbolos exteriores del reconocimiento de lo que Cristo ha hecho por nosotros y de nuestra unión con él, y sirven bien a ese propósito. Son me­dios para un fin, no un fin en sí mismos.

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