DIOS, EN EL PRINCIPIO, CREÓ LOS CIELOS Y LA TIERRA. (Génesis 1: 1, NVI).
En estos días, mientras «desempolvaba» material de esos que uno coloca en el baúl de los recuerdos, me topé con un artículo que escribí hace ya algunos años. Su título era «Preguntas que el evolucionista debe responder». Hasta donde sé, los defensores de la evolución no las han podido responder satisfactoriamente. Veamos:

1. La teoría evolucionista sostiene que la vida surgió «por sí misma», sin la intervención de ningún poder sobrenatural. ¿No contradice esta afirmación el principio de que la vida solo procede de la vida? ¿Puede el azar, la casualidad, crear vida, sin antes poseerla?
2. En la base de la teoría de la evolución se encuentra la selección natural, proceso según el cual los caracteres hereditarios de los animales mejor dotados habrían pasado a su descendencia, dando así origen a especies superiores, hasta llegar al hombre. Sin embargo, la genética moderna, basada en las leyes de la herencia, ha demostrado que cada especie, sea animal o vegetal, tiene un código genético peculiar, que hace prácticamente imposible el aparcamiento entre genes de especie diferente. Si esto es cierto, ¿cómo pudo el mono llegar a ser hombre?
3. Según Darwin, la lucha por la existencia dio origen a un ser en el que gradualmente fueron apareciendo las facultades superiores. Sin embargo, ¿cómo pudo desarrollarse en el ser humano, por ejemplo, la facultad del habla, en un ambiente en el cual su única preocupación era sobrevivir?
4. Si evolución es sinónimo de progreso, ¿cómo podemos conciliar esta teoría con la segunda ley de la termodinámica (entropía) que establece que en cada proceso en el que hay transformación de energía, se verifica una pérdida de la energía disponible para la futura realización de trabajo? Es decir, la cantidad de energía en el universo es cada vez menor. ¿Es esto evolución?
5. Si el hombre es solo una etapa más en el proceso evolutivo, ¿cómo podemos explicar su naturaleza moral? A diferencia de los animales, ¿por qué podemos distinguir entre el bien y el mal?

Para el creyente, la respuesta a estos y otros interrogantes es muy sencilla: «Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra» (Gén. 1: 1, NVI). Pero hay quienes no lo creen. A los tales, la Biblia los llama necios (Sal. 14: 1).
No somos producto de las leyes del azar. Un amante Padre celestial nos planificó y nos creó para su gloria.

GRACIAS, CRISTO, POR SER MI CREADOR Y MI REDENTOR.

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