NOTAS DE ELENA 2013Domingo 27 de enero:

Nuestra dependencia del Creador

Adán y Eva habían de ser los cuidadores del Jardín del Edén; debían labrarlo y guardarlo, pero su labor no les producía cansancio ni trabajo arduo; por el contrario, les producía felicidad. Su mente, corazón y voluntad actuaban en perfecta armonía y tenían una placentera comunión el uno con el otro. Dios y Cristo los visitaban y hablaban con ellos, y gozaban de plena libertad. Solo existía una restricción: “De todo árbol del huerto podrá s comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16,17). Era la prueba de su obediencia. Dios era el dueño de su hogar edénico y debían sujetarse a él (.Manuscript Releases, tomo 10; p. 327).

Las ramas de la vid no pueden mezclarse unas con otras, están separadas individualmente; y sin embargo cada rama debe estar unida en compañerismo con todas las otras si están unidas en el mismo tronco materno. Todas ellas obtienen su alimento de la misma fuente, beben de las mismas propiedades vivificantes. Así también cada rama de la Vid Verdadera es separada y distinta, y sin embargo están todas unidas en el tronco materno. No puede haber división. Están todas vinculadas por la voluntad de Cristo para dar fruto dondequiera que puedan hallar lugar y oportunidad. Pero para hacer esto, el obrero [el hijo de Dios] debe ocultar el yo. No debe expresar sus propios pensamientos y su propia voluntad. Debe expresar el pensamiento y la voluntad de Cristo. La familia humana depende de Dios para su vida, aliento y sostén. Dios ha trazado el tejido, y todos somos hebras individuales que deben componer el modelo. El Creador es uno, y se da a conocer a sí mismo como el gran Receptáculo de todo lo que es esencial para cada vida separada (Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1117).

Cristo manifestó interés en la salvación de cada alma. Soportó la muerte en la cruz para que cada ser humano pudiera recibir el perdón, y para que cada uno que fuera obediente pudiera gozar de eterna felicidad en su reino. Entonces, ¿por qué tan pocos responden a su amor? Dios es nuestro Creador, y dependemos de él para recibir cada bendición en forma de protección, vestimenta y alimento. Es más, dependemos de la gracia que él nos ofrece para obtener nuestra salvación. ¿Por qué, entonces somos tan fríos en nuestros corazones? Muchos a quienes se les dirigen sus pensamientos al Salvador crucificado en el Calvario, no se conmueven por la manifestación de su infinito amor. ¿No será que en lugar de una indiferencia estoica, nuestros corazones deberían mostrar una ferviente gratitud y amor? ¿No deberíamos cantar alabanzas a nuestro Creador y Redentor? Dios ha dotado a los seres humanos de sensibilidad y emociones que deberían ser ejercitadas y fortalecidas, pero muchos parecen no tener sentimientos, porque no manifiestan gratitud ni expresan alabanzas a Dios, el dador de todas nuestras bendiciones. Muestran afecto hacia sus amigos, pero no lo hacen con la gran Fuente de todo don; no muestran amor hacia el compasivo Benefactor que debería recibir toda alabanza. Todo el cielo se asombra con tal exhibición de ingratitud hacia Aquel que hace que su sol salga sobre malos y buenos y llueva sobre justos e injustos (Signs ofthe Times, 5 de enero, 1891).

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