PequeñosLugar Michigan, EE.UU.

Palabra de Dios: Colosenses 3:23, 24

Torne clases de piano desde preescolar hasta octavo año, y me presente en muchos recitales. Pero, cuando tenía que competir y tocar delante de jueces, ahí me ponía un poco más nerviosa. Recuerdo haber caminado por el escenario, tratando de calmar las mariposas que se arremolinaban en mi estómago. Mis manos se sentían inusualmente frías.

Todo había comenzado un mes antes, cuando mi profesora hablo a mis padres acerca del concurso. Alguien había presentado mi nombre, y desde entonces yo había practicado mucho, para memorizar los tres movimientos de la sonata. Luego, trabaje para pulir la pieza hasta la perfección. A medida que se acercaba la fecha del concurso, mis treinta minutos de practica se fueron haciendo cada vez más largos.

Cuando llego el día del concurso, sabía que estaba preparada. Al comenzar a tocar, mi nerviosismo fue disminuyendo, y las largas horas de practica se notaron. Termine la obra, me puse de pie, salude y volví a mi asiento. Ahora era el tumo de que los jueces decidieran. Solo cinco personas pasarían a la ronda final.

-!Excelente! -dijo mi profesora-. Lo único fue que el segundo movimiento fue un poquito lento. Los jueces podrían bajarte algunos puntos por eso… El movimiento lento me bajo algunos puntos, pero igualmente pude empatar por el quinto lugar con otras dos personas. Desafortunadamente, los jueces decidieron que, en lugar de enviamos a los tres a la final, ninguno de nosotros pasaría a esa ronda.

Aunque no pase a la siguiente ronda, aprendí lo que significa trabajar duro por algo. La Biblia nos dice: “Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo, conscientes de que el Señor los recompensará con la herencia”. Cuando nos damos cuenta de que estamos trabajando para Dios, este es un mayor incentivo todavía para hacer lo mejor que podamos. Así que, trabaja duro, y recuerda: “Ustedes sirven a Cristo el Señor”.

LECTURAS DEVOCIONALES PARA MENORES

EN ALGÚN LUGAR DEL MUNDO

Por: Helen Lee Robinson

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