NOTAS DE ELENA 2013Domingo 30 de diciembre:
En el principio
Al espaciarse en las leyes de la materia y de la naturaleza, muchos pierden de vista la intervención continua y directa de Dios, si es que no la niegan. Expresan la idea de que la naturaleza actúa independientemente de Dios, teniendo en sí y de por sí sus propios límites y sus propios poderes con que obrar. Hay en su mente una marcada distinción entre lo natural y lo sobrenatural. Atribuyen lo natural a causas comunes, desconectadas del poder de Dios. Se atribuye poder vital a la materia, y se hace de la naturaleza una divinidad. Se supone que la materia está colocada en ciertas relaciones, y que se la deja obrar de acuerdo a leyes fijas, en las cuales Dios mismo no puede intervenir; que la naturaleza está dotada de ciertas propiedades y sujeta a ciertas leyes, y luego abandonada a sí misma para que obedezca a estas leyes y cumpla la obra originalmente ordenada.

Esta es una ciencia falsa; en la Palabra de Dios no hay nada que pueda sostenerla. Dios no anula sus leyes, sino que obra continua-mente por su intermedio y las usa como sus instrumentos. Ellas no obran de por sí. Dios está obrando perpetuamente en la naturaleza. Ella es su sierva, y él la dirige como a él le place. En su obra, la naturaleza atestigua la presencia inteligente y la intervención activa de un Ser que actúa en todas sus obras de acuerdo con su voluntad. No es por un poder original inherente a la naturaleza cómo año tras año la tierra produce sus dones y continúa su marcha en derredor del sol. La mano del poder infinito obra de continuo para guiar este planeta. Lo que le conserva su posición en su rotación es el poder de Dios ejercitado momentáneamente.

El Dios del cielo obra constantemente. Su poder hace florecer la vegetación, aparecer cada hoja y abrirse cada flor. Cada gota de lluvia o copo de nieve, cada brizna de hierba, cada boja, flor y arbusto, testifican acerca de Dios. Estas cosas pequeñas que son tan comunes en derredor nuestro enseñan la lección de que nada es demasiado humilde para que lo note el Dios infinito; nada es demasiado pequeño para su atención.

El mecanismo del cuerpo humano no puede comprenderse plenamente; sus misterios actuales dejan perplejo al más inteligente. Si el pulso late y una respiración sigue a la otra, no es como resultado de un mecanismo que una vez puesto en movimiento, sigue funcionando. En Dios vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Cada respiración, cada palpitación del corazón constituyen una evidencia continua del poder de un Dios siempre presente.
Dios es el que hace salir el sol en los cielos. Él abre las ventanas de los cielos y da lluvia. Él hace crecer la hierba sobre los montes. “Él da la nieve como lana, derrama la escarcha como ceniza”. “A su voz se da muchedumbre de aguas en el cielo… hace los relámpagos con la lluvia, y saca el viento de sus depósitos” (Salmo 147: 16; Jeremías 10:13).
El Señor está constantemente ocupado en sostener y usar como siervos suyos las cosas que ha hecho. Dijo Cristo: “Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro” (Juan 5: 17) (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 259, 260).

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