Domingo 6 de noviembre 2016 | Devoción Matutina para Menores 2016 | Triple simulación


Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho… Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente. Lucas 22:61,62.

Las palabras de Jesús sobre el Día del Juicio venidero cortaron a Caifás en dos. Sus teorías más acariciadas fueron desafiadas por el hombre a quien tanto odiaba, y se llenó de furia satánica. Sin la solemnidad de un juicio oficial correcto, el Señor fue entregado a una multitud vulgar y callejera que enloqueció, lo golpeó e hizo todo lo que pudo para lastimarlo.
Tanto Pedro como Juan se habían dispersado con el resto de los discípulos, pero tímidamente siguieron a la muchedumbre a la distancia. Todos los sacerdotes sabían que Juan era un discípulo, y se le permitió entrar en el salón del juicio. Juan pidió si Pedro podía acompañarlo, también. Pero Pedro estaba avergonzado de tener cualquier conexión con Jesús. Anduvo por ahí, cerca de la entrada, mezclándose con la multitud descuidada, calentándose en el fuego en el patio, esperando que nadie lo notara. Pero cuando el resplandor anaranjado del fuego reflejó sobre su rostro, la mujer que cuidaba la puerta le clavó los ojos.
“¿No eres uno de sus discípulos?”, preguntó. De pronto, todos los ojos se volvieron hacia Pedro. Nervioso y confundido, exclamó: “Mujer, ¡ni siquiera lo conozco!”
Inmediatamente, un gallo cantó. Fue la primera negación. Al asociarse con quienes odiaban a Jesús, Pedro se colocó en el terreno del diablo. Como tanta gente, no quería hacer el ridículo; en lugar de defender a Jesús, lo negó.
Más tarde, alguien más lo acusó de ser discípulo. Y esta vez Pedro enfatizó el punto vociferando con palabrotas: “¡No conozco al hombre!”
Finalmente, un pariente cercano de Mateo, cuya oreja Pedro había cortado, preguntó:
“¿No te vi en el jardín con él?
Sin duda que eres uno de ellos; por tu forma de hablar puedo decir que eres galileo”.
Los discípulos eran conocidos por su forma de hablar pura, pero Pedro se enojó tanto que intentó encubrirlo maldiciendo e injuriando. Mientras hacía esto, el gallo cantó otra vez.
Jesús entonces miró a Pedro, y sus ojos se encontraron. La mirada de Jesús no tenía la intención de herirlo o recriminarlo, pero sí estaba llena de tristeza… y amor. Tal como lo había predicho, antes de que el gallo hubiese cantado dos veces, Pedro lo había negado por tercera vez.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA MENORES 2016
¡GENIAL!
Dios tiene un plan para ti
Por: Jan S. Doward
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