«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador» (Juan 15:1).

Cuando yo era niño, mi padre siempre cuidó de un huerto. Cada primavera plantábamos maíz, tomates, judías verdes, espinacas y cebollas. Estoy seguro de que también plantábamos otras verduras. Con los tomates y las judías verdes, mi madre hacía conservas para el invierno. Éramos cuatro hermanos y mis padres tenían que ahorrar todo lo que podían. Mi madre también hacía conservas con los melocotones que comprábamos a los agricultores. Aunque cultivábamos hortalizas, nunca tuvimos árboles frutales.

Durante cinco años vivimos en Chile. El principal producto agrícola de ese país es la uva, de la cual se obtiene el vino. No sabíamos que hubiera tantas variedades de uva. A veces, de vuelta del mercado, llevábamos a casa hasta seis variedades distintas y todas ellas eran deliciosas. Cada una tenía su propio sabor. Las uvas también se dan en el clima del Próximo Oriente. Al igual que en los días de Jesús, la uva todavía es un producto importante en el Israel moderno.

Jesús usó la vid como ejemplo para enseñar una de las lecciones más importantes de nuestra relación con él, así como su voluntad para nuestra vida. Dijo: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador» (Juan 15:1).

Una vid necesita que alguien la cuide. Por eso Jesús dice que, aunque él es la vid verdadera, su Padre se hará cargo de él. Mientras vivió en la tierra, Jesús habló de su Padre celestial. Dijo: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo» (Juan 5:19). Dependía tanto de su Padre como una vid depende del agricultor para que la plante, la fertilice y la cuide. Para obtener la sabiduría y la fuerza que le permitirían hacer cada día la voluntad de su Padre, Cristo dependía enteramente de él. Jesús dijo: «Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre, que vive en mí, él hace las obras» (Juan 14:10).

Así como Jesús dependía cada día de su Padre para decir las palabras que decía y hacer las cosas que hacía, nosotros también dependemos de él en todo cuanto somos y podemos llegar a ser. «En él vivimos, nos movemos y somos» (Hech. 17:28). Esto lo incluye todo, ¿no?  Basado en Juan 15:1-6.

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