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LA GRAN COMISIÓN
“Jesús se acercó entonces a ellos y les dijo: “−Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:18-20, NVI).
¿Cuánto más claro podría ser? Aquí está Jesús, el Jesús resucitado, el Jesús que adoraban (vers. 17), dando a su pueblo, aun en los primeros días de la iglesia, su llamado y su misión: hacer discípulos en cada nación de todo el mundo. Punto.
Tampoco es difícil ver el vínculo entre esas palabras, dirigidas a los once en Galilea, y las palabras que registró Juan en la isla de Patmos, años más tarde: “Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apoc. 14:6, 7; ver también los vers. 8-12).
Se podría decir que los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14 son la Gran Comisión contextualizada para los últimos días de la historia de la Tierra.
No hay dudas: Dios le dijo a su iglesia, a su pueblo, que se esparciera y proclamara el evangelio al mundo entero. Se nos llamó para hacer eso. Esparcir la verdad acerca de Jesús y lo que hizo por nosotros (Juan 3:16), lo que está haciendo por nosotros ahora (Rom. 8:34) y lo que hará por nosotros en el futuro (1 Tes. 4:16), esa es, ciertamente, nuestra misión. La palabra misión significa “enviar o ser enviado para realizar un servicio”.
Es decir, la persona sale para hacer algo. En el caso de la Gran Comisión, lo que hace es proclamar el evangelio al mundo.
Este trimestre consideraremos la misión principalmente como el medio que utiliza Dios para comunicar el evangelio a quienes no lo conocen. La misión es una parte central de la actividad soberana de Dios en el proceso de redimir a la humanidad. De este modo, estudiaremos cómo el eterno propósito de Dios se realizó en las vidas de personajes bíblicos a quienes Dios usó para ser misioneros en favor de los perdidos.
En definitiva, la misión cristiana es la misión de Dios, no la nuestra. Se originó en el corazón de Dios. Se basa en el amor de Dios. Y se realiza por la voluntad de Dios.
Para entender mejor la dedicación y la participación de Dios en la misión, las lecciones se basarán en el siguiente modelo de la historia de la salvación:
1. Dios creó a los hombres y las mujeres, y les dio la libertad de elegir.
2. El primer hombre y la primera mujer abusaron de su libertad de elección al desobedecer a Dios, y tuvieron que abandonar el Paraíso.
3. Dios no podía usar la fuerza para llevarnos de nuevo al Paraíso.
4. Dios envió a su Hijo en una misión para morir en lugar de los hombres y reconciliarlos con él.
5. La misión de Dios es dar a conocer la oferta de salvación a todas las personas y, con ello, abrir el camino para que ellas puedan tener la Redención.
En su nivel más básico, la misión es que todo el mundo sepa acerca de Jesús, acerca de lo que hizo por cada uno de nosotros y acerca de lo que promete hacer por nosotros, ahora y por la eternidad. Es decir, nosotros, los que conocemos esas promesas, hemos sido llamados a contárselas a otros.
Borgew Schantz, PhD (Fuller), es profesor en la Universidad de Loma Linda. Con su esposa, Iris, sirvieron por catorce años como misioneros en África y el Medio Oriente.
El colaborador, Steven Wayne Thompson, antes de jubilarse, fue director (1984-1990) del Colegio Newbold, en Inglaterra, y decano de la Facultad de Teología y profesor en Avondale College, Australia (1991-2008).

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